Acaso ficción épica y tres atentados contra Trump


Specula.

Mayo/26.

Lo peligroso no es tanto la existencia de episodios de riesgo y su vis tragicómica —que en cualquier democracia deben investigarse con rigor— como la rapidez con la que estos se incorporan a una estrategia de comunicación perfectamente orquestada.


En cada episodio de tensión que rodea su figura —sea cual sea su naturaleza— se integra de inmediato en un guion bien reconocible. Trump no comparece como un político cuestionado, pretende hacerlo como un protagonista asediado. No responde a críticas, las convierte en pruebas de una supuesta caza de brujas contra él. Y en ese marco, cualquier incidente que refuerce su papel de objetivo adquiere un valor político incalculable y, sin duda, los intentos, reales o inventados de magnicidio los son.
La resultante es una inversión perversa de la lógica democrática: el escrutinio se presenta como hostilidad, la oposición como conspiración y la rendición de cuentas como persecución. En ese terreno, la figura del líder deja de estar sometida al juicio ciudadano para convertirse en objeto de lealtad emocional. No se le evalúa, se le defiende y se le ama.

Lo peligroso no es tanto la existencia de episodios de riesgo y su vis tragicómica —que en cualquier democracia deben investigarse con rigor— como la rapidez con la que estos se incorporan a una estrategia de comunicación perfectamente orquestada. La política deja de girar en torno a programas o decisiones y pasa a organizarse alrededor de un relato personalista, donde el líder es simultáneamente víctima y salvador, mártir y héroe.
Ese relato, además, no se construye en el vacío. Se entrelaza con una agenda internacional marcada por decisiones muy controvertidas y alianzas que tensan el tablero global. La proximidad política con Benjamín Netanyahu y el respaldo a sus dinámicas de confrontación en Oriente Próximo proyectan una imagen de firmeza, pero también alimentan un clima de polarización que el propio Trump parece pretender capitalizar en el plano interno.
Hay, en todo ello, una coherencia que resulta difícil de ignorar. Cuanto mayor es la presión política en su contra, mayor es la intensidad del relato victimista. Cuanto más se erosiona su posición, más urgente parece la necesidad de reconstruirla en términos casi legendarios. El líder no desciende en las encuestas al abismo del despertar de su pueblo: resiste ataques. No pierde apoyo incluso entre los suyos: sobrevive a enemigos que él inventa para su narrativa.

El presidente estadounidense Donald Trump fue inmediatamente escoltado por el servicio secreto lejos del peligro. 

REUTERS

La pregunta, entonces, no es si cada episodio responde a una lógica concreta o a una concatenación de circunstancias. La pregunta es por qué, sistemáticamente, todos ellos terminan reforzando al mismo personaje político. En un ecosistema mediático saturado, donde la atención es el bien más escaso, la conversión de la política en un drama personal no es un accidente: es una estrategia de supervivencia.
Tal vez ahí reside el verdadero problema. Porque cuando el liderazgo se sostiene sobre la teatralización constante del peligro, y los atentados o sus intentos conforman un escenario que cruza la frontera entre realidad y relato, volviéndose esta cada vez más difusa, es cuando los principios se diluyen. Claro que, en ese terreno, lo que está en juego ya no es solo la reputación de un dirigente cuya figura ejerce más que nunca un papel hollywodiense, sino la calidad misma del debate público cuestionando con ello el actual sistema de convivencia a nivel mundial. No es solo haced que todo cambie para que todo siga igual, que también, es que en simultaneo ya nada empieza a ser igual.


Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios