Arde Europa
Josemi Montalbán.
Noviembre/26.
Veo en las imágenes de televisión gente lanzando todo tipo de objetos contra policías blindados de pies a cabeza, equipados para soportar el impacto de un obús, que, sin embargo, son abatidos por la afinada puntería de unos chicos jóvenes que, en lugar de estar haciendo manitas en cualquier campus, están partiéndose la cara contra las fuerzas del sistema, luchando por unos derechos que nos están robando a velocidad de vértigo y que tanto les costó a nuestros padres y abuelos obtener, porque el sistema jamás concede nada y cualquier derecho obtenido hubo que abonarlo con dolor y sangre.
Veo en las imágenes de televisión las calles de París, de Bruselas, de Berlín, de Milán, de Madrid… convertidas en campos de batalla en los que se está librando una encarnizada lucha entre la dignidad y la opresión por hacerse con la sociedad. El sistema liberal opone todo lo que tiene: la fuerza, los medios de comunicación, los jueces, las redes, el dinero, los curas… El pueblo pone en liza sus únicas armas, con las que siempre ha vencido: los cojones y la razón.
De vez en cuando, entre los de mi generación, escucho a alguien argumentar —con toda la razón— que los de mi generación vivíamos mejor, y es verdad, pero es que en mi generación Europa era gobernada por la socialdemocracia; se vivía y convivía respetando unos principios, unos valores basados en la paz, la justicia, la educación y el derecho de cualquiera a vivir del mejor modo que le fuera posible, sin entrometerse en el modo de vida de los demás.
Mi generación creció en el convencimiento de que la equidad es mejor que la igualdad, de que no tiene importancia el color de la piel ni el sello de un pasaporte, de que hay que ayudar al que no llega para que nadie quede atrás, y a doña Constanza con las bolsas de la compra. Que el capitalismo —y no era mentira— era el menos malo de los sistemas, que la libertad era sagrada y no se podía utilizar de manera torticera. Crecimos en una Europa —en España nos sumamos un poco más tarde, pero nos sumamos— que se desarrolló después de haber vencido al nazismo, pagando el terrible precio de más de sesenta millones de muertos, asumiendo que nunca más se le dejaría espacio al autoritarismo, al supremacismo, al racismo y a la homofobia, que nunca más Europa volvería a ser la cuna de monstruos degenerados, y avanzando hacia una sociedad que, sin ser perfecta, era solidaria, culta, alegre, fuerte, capaz de convivir en paz y, sobre todo, libre; una sociedad que miraba impasible cómo el monstruo al otro lado del Atlántico crecía cada vez más bárbaro, más sanguinario, más inculto y fanático, pero al que, como alimentábamos, nunca pensamos que se volvería contra nosotros, hasta que se revolvió y nos inoculó su bárbaro veneno.
Las generaciones de ahora están creciendo en una Europa que hemos arrojado en manos de fascistas de nuevo cuño, de bárbaros sin cultura ni alma, cargados de millones, niños mimados a los que el dinero les ha comprado un juguete que están destrozando porque nunca les gustó que no fuera teledirigido: Europa.
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