Sobre las elecciones Andaluzas
Alberto Granados.
Junio/26.
El batacazo electoral del PSOE era previsible. En primer lugar, porque desde el 23 de mayo de 1982 habían transcurrido demasiadas legislaturas y más de 36 años de poder socialista y eso desgasta, especialmente si las caras de jerarcas y candidatos no se renuevan.
El PSOE ha pasado solo en unos años de ser un partido que ilusionaba a todo el mundo y presente en todos los ámbitos a percibirse como una agencia donde colocarse bien, con una red de favores clientelares que después pasa factura, dejando a la mayoría de la militancia, esa que solo ofrece su trabajo sin pedir nada a cambio, perpleja y desnortada. Treinta y seis años de poder vienen a ser todo un régimen, casi tan largo como el franquismo o el castrismo. Un período de tiempo suficiente para cambiar la esencia de un país, paisaje o paisanaje. Pero el PSOE andaluz no lo ha sabido hacer y, a pesar de los gigantescos avances andaluces (redes de carreteras, centros escolares y de salud, actuaciones sociales, etc.) parecemos anclados para siempre en las tasas más negativas de alfabetización, dominio de idiomas, enseñanza, salud, inversiones, industrialización, desempleo… Y, por encima de todo, el turbio asunto de los EREs. Por eso llegó la victoria del PP hace unos años.
El batacazo electoral del PSOE era previsible. En primer lugar, porque desde el 23 de mayo de 1982 habían transcurrido demasiadas legislaturas y más de 36 años de poder socialista y eso desgasta, especialmente si las caras de jerarcas y candidatos no se renuevan. En segundo lugar, el discurso socialista se ha ido desdibujando hasta convertir al PSOE en un partido en zona de nadie, imprevisible, con gestos abiertamente de derechas y un recorrido errático.
Pedro Sánchez y María Jesús Montero, en el acto de precampaña en Dos Hermanas.
Foto: Efe
Pero el PSOE tiene un problema más grave: la distancia estelar entre sus jerarcas, casi siempre las mismas caras, y la base (cada vez más escasa y menos entusiasta). Hay, además, una corriente mesiánica instalada en las conciencias de los jerarcas, que parecen decir “o nosotros o el caos” y eso solo propicia el alejamiento del electorado, que los percibe como señores y señoras mayores que llevan toda la vida rotando de cargo en cargo, siempre bien retribuidos, en tanto que los electores llevan a cabo una despiadada lucha por la supervivencia y han ido perdiendo poder adquisitivo y calidad del empleo, si es que lo tienen Pero que nadie se ponga crítico con los jerarcas, porque no están dispuestos a aceptar que se llevan equivocando años. Han perdido la noción de lo que supone asumir las críticas, las diferencias, las tendencias internas y con ello se han convertido en una jerarquía esclerotizada, correosa e insensible a las demandas de la militancia y del electorado. Y así hemos llegado a la debacle de estos últimos años, en que el tradicional feudo socialista está al borde de la mayoría absoluta de un Moreno Bonilla, pese a que este ha sembrado el descontento con la crisis de la sanidad y la educación públicas.
He estado militando en el PSOE casi siete años, lo que me ha permitido ver algunos de estos tics. Cuando ingresé en el partido, no podía sospechar que los jerarcas no admitieran la menor crítica. Ni que estallara lo de los EREs, una escándalo que costará remontar décadas. En política, que te cuelen semejante gol es para presentar la dimisión y pasar lo más desapercibido que se pueda. Es decir, abandonar todos los cargos orgánicos, designados o electos, y pasar a la militancia de base. En política real, quiero decir. Pero estos jerarcas, supongo que imbuidos del mesianismo de los imprescindibles, siguieron ocupando cargos, tanto en Granada, como en Sevilla: en vez de hacerse invisibles, siguieron destrozando la credibilidad del partido.
Pero estaban tan convencidos de que su criterio era el único posible, que no se han dado cuenta de que la militancia de entonces se ha reducido en casi un 50%. Me encuentro con muchos excompañeros a los que saludo y me cuentan que también se dieron de baja por un análisis similar al mío. ¿Qué se puede hacer en un partido donde la democracia interna es un concepto desconocido y donde la militancia solo cuenta para hacer bulto cuando llegan los fotógrafos de la prensa? Y lo de falta de democracia interna no me lo invento: me salí por comprobar que ni siquiera en un perfil de Facebook, limitado a militantes, se podía hacer una crítica de lo que se veía venir. Mi crítica más contundente era a la complacencia con Chaves y Griñán. Se me dijeron lindezas tales como que “Cada vez que hablas sube el pan”, “Con tus críticas le estás haciendo el juego al PP” “¿Estás seguro que este es tu partido?”, etc. Aquellos jerarcas pasaron el mal trago de enfrentarse a la realidad, la mayor sangría de votos registrada hasta ahora y la entrega de un feudo socialista a la probable coalición derecha-extrema derecha. Buen saldo.
No me alegro. Sigo siendo o sintiéndome muy próximo al PSOE, al menos al PSOE abierto, múltiple, renovado y sin personalismos suicidas. No me alegro, pero me queda claro lo que siempre dije: que quienes le hacen el juego al PP son los que se aferran al cargo tras perder varias elecciones seguidas, convencidos de su mesianismo. Esos son, y no yo, los que se han cargado al partido para varias décadas.
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