Almagro, capital del Siglo de Oro


Marta Hoyos.

Julio/26.

 

Cada mes de julio, la ciudad de Almagro —un enclave en el Campo de Calatrava— se transforma en un epicentro cultural único en Europa. Sus plazas, patios y corrales se llenan de voces, versos y músicas que conectan el presente con los siglos XVI y XVII, en un diálogo escénico que ya forma parte del patrimonio cultural español, se trata del Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro, una cita con el Siglo de Oro español.  

El origen del festival se remonta a las Jornadas de Teatro Clásico, creadas en 1978 y que en su primera edición reunió a figuras esenciales de la escena y la crítica, como Fernando Fernán Gómez, José Hierro, Agustín García Calvo o Francisco Nieva, que representaron obras de Lope de Rueda y Lope de Vega, buscando unir investigación, divulgación y puesta en escena.  

A partir de 1983, el festival adquirió una estructura más sólida con la incorporación de un director y una clara proyección internacional. En 1986, la recién creada Compañía Nacional de Teatro Clásico, dirigida por Adolfo Marsillach, se presentó en Almagro, convirtiéndose desde entonces en presencia habitual. La consolidación institucional llegó en 1984 con la reforma del Patronato, que integró a la Junta de Comunidades de Castilla-La Mancha, la Diputación de Ciudad Real y el Ayuntamiento de Almagro, reforzando el carácter público y patrimonial del proyecto.  

Uno de los elementos más singulares del festival es su estrecha relación con el Corral de Comedias de Almagro, un espacio teatral del siglo XVII recuperado en 1954 y considerado único en el mundo por conservar íntegramente su tipología original. Su arquitectura —patio, galerías, aposentos y escenario— permite experimentar el teatro clásico en condiciones muy próximas a las de su época, convirtiéndolo en un símbolo cultural de Castilla-La Mancha y en el corazón emocional del festival.  

El festival se desarrolla entre principios y finales de julio, y ocupa más de una veintena de espacios históricos: el Teatro Municipal, el Patio de Fúcares, el Claustro del Convento de los Dominicos, el Hospital de San Juan de Dios —incorporado en 1994 con tecnología escénica avanzada y 700 localidades—, así como plazas y edificios patrimoniales que acogen exposiciones, talleres y seminarios. Esta multiplicidad de escenarios convierte la ciudad en un auténtico laberinto cultural donde cada rincón ofrece una experiencia distinta.  

La programación combina teatro, danza, música, lecturas dramatizadas, instalaciones audiovisuales, debates académicos y actividades formativas. Aunque nació centrado en el Siglo de Oro español, el festival amplió su mirada hacia el teatro isabelino, el barroco francés y otras tradiciones escénicas de Oriente y Occidente. Compañías de todo el mundo reinterpretan los clásicos desde perspectivas contemporáneas, manteniendo el respeto por los textos originales, pero explorando nuevas formas de expresión.  

El ambiente que se genera en Almagro durante el festival es parte esencial de su identidad. Las calles se llenan de artistas, espectadores, estudiantes y visitantes que convierten la ciudad en un foro de encuentro y reflexión. La mezcla de piedra antigua, madera y verano manchego crea una atmósfera sensorial que acompaña cada representación. Como señala la propia organización, el festival busca “rescatar, preservar y actualizar el inmenso patrimonio del teatro clásico universal”, fomentando el intercambio entre creadores y la formación de nuevos públicos.  

En su edición más reciente, el festival continúa ampliando horizontes con homenajes, premios —como el prestigioso Premio Corral de Comedias— e instalaciones que recuperan voces históricas, como el proyecto GENIAS, dedicado a las mujeres del Siglo de Oro cuya contribución literaria fue silenciada durante siglos.  

Casi medio siglo después de su nacimiento, el Festival Internacional de Teatro Clásico de Almagro sigue siendo un espacio donde el pasado y el presente dialogan con intensidad. Cada julio, las cartas del teatro clásico vuelven a ponerse sobre la mesa, invitando al público a jugar, imaginar y descubrir que los textos del Siglo de Oro siguen vivos, vibrantes y profundamente contemporáneos. 


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