Esos adorables alcornoques


Josemi Montalbán.

Octubre/26.

 

Los resultados del informe PISA 2025, dado a conocer el pasado mes no dejan a nuestro país excesivamente bien pintado ni mucho menos —algo habitual, por otro lado—, es que se están pensando expulsarnos de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), por si lo nuestro fuese contagioso.

 

En el informe —que recoge la evaluación de 90 países participantes (38 de la OCDE y 52 asociados)— nuestro país está por debajo de la media de la en los tres ámbitos educativos analizados, con un descenso inadmisible, para cualquiera alumbrado por un mínimo de sentido común, en la última década y con los peores resultados obtenidos en toda la historia del informe.

El «triunvirato» de materias en las que nuestros hijos están completamente pegados lo componen Matemáticas, Lectura y Ciencias.

Naturalmente, nuestra excepcional clase política analizó, con la solidez argumental habitual, argumentándonos con datos —PowerPoint incluido— los motivos del descalabro. Desde la ministra de Educación, Formación Profesional y Deportes, Milagros Tolón, quien señaló a las pantallas y los nuevos hábitos digitales como una de las causas del problema, al provocar un deterioro que es «la base de todos los problemas»; hasta las más refulgentes mentes del arco parlamentario, como la bocazas de VOX, Pepa Millán, que no se cortó ni un pelo a la hora de poner sobre la mesa los abrumadores estudios y certificados que demuestran la absoluta y exclusiva responsabilidad del Gobierno central en el desastre de una competencia que tienen las comunidades autónomas. Pasando, naturalmente, por la innovadora y documentada opinión del Partido Popular, que no ha dudado en señalar al culpable del estropicio: Sánchez.

Lo cierto y desgraciado es que nuestros hijos son una recua de acémilas que saben mucho de «stan», «main character», «aura», «core», «ratio», «boostear», «drop», «clout»..., pero no tienen ni la más remota idea de quiénes fueron Epicuro, Averroes, Maimónides, Rousseau, Darwin, Kepler o Mendeléyev; que son capaces de enumerar, sin tomar aire, las alineaciones completas —incluidos los asiduos al banquillo— del Real Madrid, Barcelona, Manchester, PSG o del Miami no sé qué, pero son absolutamente incapaces de recitar algo del Romancero gitano, de Campos de Castilla o una simple escena de La muerte de un viajante, con lo que al pobre Arthur le costó escribirla.

Culpar de tan desolado panorama a «las pantallitas» es caer en el huevonismo y la simplicidad de incapaces que no saben cómo atajar el problema después de años mirando la forma de las nubes desde el sillón ministerial.

Responsabilizar del destrozo en exclusiva al Gobierno central es propio de la política canallesca que padecemos en España desde hace más o menos una década —qué casualidad—, practicada por políticos canallas que cierran aulas y abren plazas de toros, recortan en material escolar y aumentan las subvenciones a los cofrades, permiten que los colegios públicos se caigan a pedazos mientras, con el dinero de todos, continúan financiando la construcción de modernos centros privados aprovechando el timo de la enseñanza concertada.

Políticos sinvergüenzas que mantienen climatizadas las iglesias y los próceres despachos mientras los hijos de los obreros sudan, literalmente, tinta en sus clases convertidas en hornos.

Todos son culpables y ninguno es el único responsable, ni tan siquiera el principal causante del entuerto.

La responsabilidad es de todos, comenzando por la suya y la mía: padres huevones que, para no aguantar la brasa del hijo que reclama atención, cansados de lidiar todo el día con la vida, lo arrojamos a la «pantallita» para que nos deje en paz.

Padres que no hemos dado ejemplo a nuestros hijos abriendo algún libro en su presencia, aunque solo fuese para ver los dibujitos. Hijos que, cuando nos han visto leer —el periódico—, han sido testigos de cómo lo hemos dejado aburridos en cuanto el texto superaba las 150 palabras.

Este tocho, sin ir más lejos, lo ha dejado de leer el 85 % del personal que lo ha abierto cuando ha llegado a «con los peores resultados obtenidos en toda la historia del informe».

Vástagos que, cuando nos han preguntado dónde están los Montes Urales, les hemos contestado que le pregunten a ChatGPT y que no enreden, que no queremos perdernos ni un segundo de la excitante aventura de ver a un tipo pedalear por una carretera, con el mismo, constante, sufrido y parsimonioso ritmo con el que lo lleva haciendo durante los últimos veinte minutos.

No escapan a esta responsabilidad común, desde luego, los políticos canallas, incapaces, ineptos, mediocres y sinvergüenzas que han sido incapaces, en 50 años de presunta democracia, de ponerse de acuerdo para establecer un pacto de Estado en materia de enseñanza que no vuelva locos a nuestros hijos cada cuatro años, cuando el Gobierno de turno —siempre pensando en la cuestión ideológica y nunca en el futuro de los españoles— se carga lo dispuesto por el Gobierno anterior.

Desde depredadores de la enseñanza como el infame ministro de Rajoy, José Ignacio Wert, que, preocupado el hombre por «españolizar a los alumnos catalanes» y sangrar a los padres con másteres y titulitis, se olvidó de la importancia de las Humanidades en la educación de nuestros hijos y las arrinconó en la papelera; o el ministro pedorro aquel de Felipe González, José María Maravall, que normalizó la desigualdad en la enseñanza.

Pasando, claro está, por todas y cada una de las taifas autonómicas que arriman el ascua a su bastardo interés político, sin importarles ni un sestercio la adecuada enseñanza de nuestros hijos.

Y no, claro, no vamos a dejar fuera de la troika responsable del descomunal embrutecimiento de nuestra sociedad a nuestros queridos hijos, huevones de quintal, que pasan de leer ni la etiqueta del champú cuando se sientan en el trono porque no levantan la cabeza de «la pantallita» ni en esos menesteres.

Que ya ni usan la calculadora y le piden directamente a Copilot que les dé el resultado de una operación; que no leen ni las noticias deportivas del periódico porque se las cuentan en YouTube; que ni abren el libretillo de instrucciones del chisme que se compran en Amazon porque tienen tutoriales en TikTok; que no saben quién es Federico García Lorca porque, si alguna vez les hace falta saberlo, les basta con preguntarle a Gemini.

Con todo, lo peor, querido bicho raro que me ha leído hasta aquí, es que nuestra vejez va a depender de esos adorables alcornoques que son nuestros hijos.

Del suyo y del mío.


Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios