11M. El día en el que la dignidad de un pueblo se impuso a la vileza de sus gobernantes
Marzo/26.
Josemi Montalbán.
La fecha del 11 de marzo de 2004 quedó grabada en la historia de España, no solo como permanente herida, también como la jornada en la que un puñado de indignos y miserables políticos perpetraron la más ruin de las infamias.
Aquella mañana, España se desayunaba con la tragedia, una serie de explosiones en trenes de cercanías de la red ferroviaria madrileña.
En pocos segundos, la rutina de miles de trabajadores, estudiantes o amas de casa se convirtió en un infierno de humo, y metal retorcido, en el que se consumían los cuerpos destrozados de 193 compatriotas y dejaba casi dos mil heridos. Pero el dolor que produjo aquel atentado no terminó en los andenes, tampoco en los hospitales. Se prolongó, de manera ignominiosa, en las portadas de los diarios y los informativos de radio y televisión de todo el país.
Las primeras horas de los dirigentes de una nación, tras una tragedia de esa magnitud, hubieran debido estar dedicadas exclusivamente a coordinar las labores de rescate, al auxilio de las víctimas, centradas en la investigación y persecución de los asesinos. Sin embargo, las autoridades españolas, el gobierno sostenido en el Partido Popular, y presidido por José María Aznar, consideró que tenía otros asuntos más importantes de los que ocuparse, como por ejemplo ofrecer a los españoles una versión oficial sobre los responsables del mayor atentado padecido en toda la historia de España, que alejara a la opinión pública de la verdad de la autoría del mismo, que se sospechó desde el minuto uno que era obra yihadista, en represalia por la participación de España en la invasión estadounidense de Irak. Una realidad incómoda para el gobierno de Aznar que veía como esa verdad podía hacer peligrar la victoria del Partido Popular en las elecciones legislativas que iban a tener lugar tres días más tarde, por lo que el gobierno de Aznar, decidió mentir a todos los españoles, y acusar de los atentados a los asesinos de la banda terrorista ETA, dibujando un escenario doméstico al que, por desgracia, los españoles estábamos acostumbrados, y en esa confianza el Ejecutivo de Aznar lanzó el bulo etarra.
Sin embargo, lo que muchos ciudadanos percibieron aquella mañana fue la verdad, y sospechando la mentira exigieron pruebas y no declaraciones, así se dio inicio a una vergonzosa carrera, con llamadas a directores de periódicos y embajadores, del gobierno por controlar el relato, e imponer su falaz versión de los hechos, con el único interés de proteger las cuentas electorales del Partido Popular, en un momento en el que el pueblo español exigía la verdad, descarnada.
Mientras el país lloraba a sus muertos, mientras miles de españoles recorrían hospitales y morgues en demanda de noticias sus familiares, desde los despachos ministeriales se volcaba el esfuerzo en engañar a los españoles. En lugar de transparencia inmediata, en lugar de rigor informativo, hubo titubeos, rectificaciones tardías, enmarañadas declaraciones y afirmaciones pensadas más para proteger estrategias electorales que para informar con veracidad de lo ocurrido.
Y se produjo el milagro, frente a la vileza, a la mezquindad política, emergió algo mucho más poderoso: la dignidad de la sociedad española. Millones de ciudadanos salieron a la calle a mostrar masivamente su repulsa como pueblo al terrorismo, pero también, en un acto de defensa propia y salud democrática, exigir la verdad. En aquellos instantes de rabia y dolor el pueblo español demostró la madurez democrática que sus dirigentes jamás alcanzaron, reclamó transparencia. Reclamó información. Reclamó la verdad. Reclamó respeto. No era únicamente la indignación por el atentado; era también la clara sospecha de que se estaba intentando hurtar a la sociedad la verdad de la tragedia, y era ocultada no con fines humanos, sino bastardos en el bastardo interés de políticos indecentes. España salió a la calle, para gritar que no estaba dispuesta a aceptar silencios interesados ni relatos prefabricados.
El 11M, mientras irresponsables públicos se enredaron en cálculos y estrategias electorales, la ciudadanía actuó y con una claridad ética admirable, exigió la verdad, y la verdad, pese a la traición de un gobierno legítimo sin duda, pero indigno de España y del pueblo español, se desveló nítida, y no fue la que aquel gobierno infame, nos quiso hacer creer.
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