La Vida de Brian


Lector Impertinente.

Mayo/26.

 

 

 

La vida de Brian, 47 añitos tiene esta película, y sigue tan vigente que da miedo. ¿Qué es lo que más me gusta de la película?

Que se ríe de todos nosotros.

Hasta de los queseros.

El ritmo de la película es una sucesión de gags y situaciones divertidísimas respondiendo a preguntas estúpidas como: "¿Cuando Jesús dio el sermón en la montaña, qué escucharía la gente de las últimas filas?" "Y si Poncio Pilatos tuviera frenillo y no pudiera pronunciar la 'ede'?"
Todo esto describe una Judea del siglo I en el que reconocemos demasiadas cosas de la sociedad actual. Y en medio de todo está Bryan, enamorado hasta las trancas y metiéndose en una organización revolucionaria de flipados con un líder caradura que me recuerda tanto al presente. Todo esto, sólo por el fornicio.

Irreverente hasta la médula desde la primera a la última secuencia, llena de un humor sarcástico, inteligente, surrealista, con una inspiración única que hacen de ella la mejor película de los Monty Python y una de las mejores comedias de todos los tiempos. “La vida de Brian” retrata el porvenir del paria que tiene la desgracia de nacer en el pesebre de al lado de otro recién nacido llamado “Jesús” hasta terminar sus días tan crucificado como el Mesías (pero sin darnos tanto la lata como éste), cantando una magnífica y destornillante canción.
Esta película no es una ácida blasfemia contra la religión católica (de hecho: Jesús sale brevemente en un magnífico gag sobre el sermón de la montaña), sino contra todas las religiones, busquen éstas la salvación del alma (como las imperantes monoteístas) o la del hombre (como los partidos políticos aquí magistralmente satirizados). El acierto de esta película es poner lo sacrílego de estas dos visiones a ras de tierra y, desde ahí, comenzar sus acertados mamporros. De hecho, es una película única, ni antes ni después el cine Ha vuelto a hacer un cóctel tan explosivo entre farsa, religión y política. Sus fotogramas son una fiesta, llena de agudos diálogos, que por más que los tengas oídos siguen haciéndote estallar en carcajadas, y memorables gags visuales que acentúan esos diálogos y disparatadas situaciones.

La galería de personajes (todos magníficamente caricaturizados por los Monty Python) son de los que dejan sabor, llevándonos de una secuencia a otra igual o más inspirada que la anterior, siempre siguiendo los pasos de Brian, que es el que logra unir las partes inconexas hasta lograr un todo lúcido y coherente.
Toda ella es un festín. Un gran festín, pues no sabes con qué parte quedarte, cuál de los gags es tu favorito (la competencia es fortísima), qué línea de diálogo despierta tus ya agotadas carcajadas a esas alturas (yo me sigo quedando con la secuencia “¿Qué nos dieron los romanos?”). Cada nueva visión da nuevas oportunidades a esta película tan redonda como una hostia sin consagrar, pero llena de un humor divino que no para de estampar su mala baba contra el fanatismo al que, al parecer, estamos condenados (ese es nuestro infierno).
Pero hay una medicina (o una gozada): Oxigenar el cerebro con ese evangelio, según los Monty Python, que es “La vida de Brian”. No busquéis más: ¡La salvación está en la risa!

¡Ay, el amor!
Yo, cada vez que la veo, soy mejor persona y asumo que la vida no deja de ser una broma. Sólo por eso merece verla hasta que te sepas los diálogos. ¡¡Narizotas!!


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