Trump y sus macarras
Specula.
Febrero/26.
"Cuando el poder político señala colectivos enteros como amenazas —migrantes, opositores, pobres, racializados—, el resultado es previsible: una policía que dispara primero y justifica después."
La configuración que se esclarece alrededor del proyecto político de Donald Trump no es solo una simple radicalización conservadora ni una anomalía pasajera del sistema estadounidense. Es una deriva autoritaria coherente en lo suyo, reconocible y peligrosamente familiar muy bien descrita en los libros de historia. Su rasgo central es la construcción de un Estado policial ideologizado, donde la violencia deja de ser un último recurso y pasa a convertirse en principio organizador. En ese esquema, la policía tradicional y agencias como ICE funcionan como el núcleo de una policía política al servicio de una visión abiertamente fascista.
La llamada policía “política” no es un exceso folclórico ni una caricatura mala del crimen impune. Se ha convertido en el brazo armado y criminal de una cultura que glorifica la fuerza bruta, desprecia la vida del otro y entiende el orden como sumisión. Esa cultura se alimenta de símbolos, de enemigos internos y de una narrativa de pureza nacional que recuerda, sin demasiados rodeos, a los manuales del fascismo europeo del siglo XX.
Ilustración: IA Alternativa Mediterráneo. Uso libre
Los dos recientes crímenes a tiros de ciudadanos desarmados a manos de agentes policiales no pueden leerse como accidentes ni como errores individuales. Son ejecuciones sumarias en un contexto donde el Estado ha rebajado el valor de ciertas vidas hasta convertirlas en cero con cuerpos acribillados a tiros. Cuando el poder político señala colectivos enteros como amenazas —migrantes, opositores, pobres, racializados—, el resultado es previsible: una policía que dispara primero y justifica después.
El ICE representa el ejemplo mejor matizado de esta mutación. Bajo el trumpismo, ha dejado de ser una agencia administrativa para convertirse en una auténtica policía política. Redadas teatrales y absurdas, detenciones sin garantías, separación sistemática de familias y uso del terror como herramienta de gobierno que no gobierna. No se trata en realidad de controlar flujos migratorios, sino de marcar cuerpos, infundir miedo y escenificar poder. La lógica es inequívoca: identificar al “indeseable” y expulsarlo como sea del cuerpo social.
Esta lógica no es nueva. Es la misma que alimentó al fascismo de cuño nazi: la obsesión con la identidad, la construcción del enemigo interno, la deshumanización del otro y la fusión entre aparato represivo y propaganda. El uniforme no protege a la sociedad; protege al régimen. La ley no limita al poder; lo acompaña. La violencia se presenta como necesidad histórica con resultados desastrosos.
En consecuencia, la respuesta institucional ante los crímenes policiales confirma esta deriva. Investigaciones internas opacas, cierres corporativos, sindicatos policiales actuando como escudos políticos y líderes relativizando los hechos antes de que se enfríen los cuerpos. La impunidad no es un fallo del sistema: es su combustible de alto octanaje.
Frente a esta maquinaria, la contestación popular ha sido masiva y persistente. Protestas, movilizaciones y resistencia civil han señalado lo evidente: no hay seguridad posible cuando el Estado se comporta como una banda armada. No hay orden cuando la ley se suspende para quienes portan armas y placa. No hay democracia cuando el miedo se convierte en política pública.
El discurso trumpista invoca constantemente la “ley y el orden”, pero lo que propone es obediencia sumisa y silencio. Lo que defiende no es la legalidad, sino el privilegio armado. Lo que construye no es patriotismo, sino una forma contemporánea de fascismo, con ecos demasiado claros de su versión nazi.
La pregunta por tanto ya no es si esta deriva existe, sino cuánto tiempo más se seguirá negando mientras el número de víctimas aumenta y la normalización del horror avanza de la mano de Trump y su banda de nazis macarras.
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