Sin acritud: precisiones a Zapatos de piel de caimán
Luis Poyatos.
Febrero/26
"Hablar de Juanje es hablar, inevitablemente, de la pluma musical del rock-pop granadino. De sus crónicas, de su mirada siempre alerta a todo lo que brotaba en la escena musical de la ciudad, una escena viva, cambiante, en constante transformación."
"Un título sugerente para un volumen de peso —también físico—, un auténtico tocho que abarca la historia musical de la ciudad y todo lo que la rodea"
A finales de diciembre se presentó un libro que recoge y celebra una historia hermosa y necesaria de la ciudad de Granada. Está escrito por Juan Jesús García, junto al siempre recordado Jokin Martín (DEP), y lleva por título "Zapatos de piel de caimán". Un título sugerente para un volumen de peso —también físico—, un auténtico tocho que abarca la historia musical de la ciudad y todo lo que la rodea: los bares, los estilos, los festivales, las radios, los ambientes y las personas que los hicieron posibles. Un trabajo de años que no debería pasar desapercibido, fruto de la constancia y la pasión del periodista musical Juan Jesús, más conocido como J.J. o Juanje en los circuitos y plazas del alterne musical.
Es impresionante la cantidad de información que Juan Jesús nos ha regalado en este libro, y eso merece, sin duda, nuestro respeto más profundo. Lo digo sin reservas: chapeau. Chapeau por un trabajo que hace justicia y honra a todos los músicos y profesionales que han formado parte de este gremio, muchas veces desde la sombra, siempre desde la pasión.
He leído parte del libro y esa lectura ha sido el verdadero impulso para escribir esta remembranza: una mirada personal a algunos pasajes de la obra, comenzando por la delicada y profundamente emotiva introducción de Antonio Muñoz Molina. En ella habla de su amistad con Juanje, de su devoción casi artesanal por los discos y de los distintos papeles profesionales que ambos desempeñaron en sus respectivos oficios. Y cómo no, de aquella maravillosa Vespa que tantos recordamos y que forma parte, ya, de la iconografía sentimental de una época.
Antonio recuerda también tareas propias de aquel oficio que hoy parecen casi impensables: desde buscar atriles y taburetes hasta resolver cualquier detalle necesario para que un cantautor pudiera salir a escena. Porque entonces —y en cierta medida también ahora- ser técnico de Cultura del Ayuntamiento de Granada significaba hacerse cargo absolutamente de todo. Aquel cantautor era, nada menos, Carlos Cano, con quien tuve la suerte de trabajar durante tres años, grabando el disco, "Si estuvieran todas las puertas abiertas", que incluía el inolvidable Tango de las madres de mayo.
Hablar de Juanje es hablar, inevitablemente, de la pluma musical del rock-pop granadino. De sus crónicas, de su mirada siempre alerta a todo lo que brotaba en la escena musical de la ciudad, una escena viva, cambiante, en constante transformación. Es hablar también de su evolución personal, de su progresivo acercamiento al jazz y, más tarde, a la música cubana. De esta última guardo un recuerdo muy concreto: aquella pregunta, lanzada casi con sorna, al verme tocar con La Guardia: qué hacía un salsero metido en el pop-rock.
No sé ahora, pero antes era muy habitual colocar etiquetas a los músicos: es jazzista, es bluesero, es rockero, es pachanguero… Para mí, sin embargo, todo era y sigue siendo música. El único principio que siempre he defendido es el del concepto y la ubicación. Y al final, quién lo diría: Juanje terminó convirtiéndose en un auténtico enamorado de la música cubana, viajando a la isla y pasando allí meses enteros durante años, empapándose de su ritmo, su gente y su verdad. Cosas de la vida. Y de la música.
Tras años de investigación paciente y generosa, Juan Jesús nos regala un retrato profundo de la riqueza musical de Granada. Su libro no solo ordena nombres y épocas: rescata una memoria viva, una ciudad que ha sonado —y sigue sonando— a través de generaciones de músicos. Desde un guiño emocionado a los años cincuenta hasta la intensidad de los sesenta, década de la que procede quien escribe estas líneas, cada página es un acto de amor hacia una historia que pudo perderse. Leerlo es volver a lugares, a rostros y a momentos que creíamos olvidados, y sentir, una vez más, la necesidad de recordar.
Y, por supuesto, no faltan nuestras grandes glorias de aquellos años, expuestas con el respeto que merecen: Miguel Ríos, el gran referente granadino; Gelu, Miguel Gallardo, Los Ángeles, Los Nevada… nombres que forman parte de nuestra educación sentimental y musical.
Quisiera añadir, como apunte personal, que para quienes sientan el impulso de seguir profundizando en la historia musical de Granada, existe en internet una página de Juan José Megías que recoge los grupos de los años sesenta y setenta, así como las salas que fueron testigo de aquella efervescencia. Un complemento perfecto para seguir tirando del hilo de nuestra memoria musical.
Ya en los setenta, salen a florecer una cantidad de grupos de rock ,señalando muy bien a esas dos formaciones que marcaron en esta ciudad: La Banda del Tío Paco y La banda de los Hermanos Cruz.
Sigo leyendo y me encuentro con un pasaje titulado Todos para uno donde hace mención a los locales que a mediados de los setenta han dado vida a esta ciudad y quisiera hacer mención a parte de los muy bien comentados en su libro, uno que a mi me marcó de crío y fue el El Bar Bimbela, me imagino que el autor, de este libro llegaría a Granada después de su cierre, desconozco este dato, pero este local y estamos hablando 1970 era un ícono punto de encuentro estudiantil y cultural junto a las Bodegas Natalio y los billares Engueix. Ese triangulo fue referente en aquella época de la movida estudiantil muy frecuentado por Elodia Campra, Juan de Loxa, entre otros y donde se leía la revista Poesía 70.
Poseía una afamada Juke Box, Rocola o consola musical (como quieran llamarla a esta joyita) donde por un duro caían dos singles. Fue la primera vez que en un local público podíamos escuchar, Jingo de Santana, Get Ready de Rare Earth, Summertime de Janis Joplin …
Aquello era historia y Juan Jesús nos hace volar recordándolos. Como las tiendas de música y de discos, donde vuelo hacia una de ellas, seria a finales de los setenta, era pequeñita y estaba ubicada en un pasaje al lado de la Galería del Fumador en Ángel Ganivet , no recuerdo su nombre pero traía discos de la afamada casa discográfica fundada por el productor Creed&Taylor, la CTI records junto a Impulse! Records, para mi humilde opinión de las mejores que había y no se encontraba en otras tiendas granadinas.
Sigo introduciéndome en esta “biblia musical granaína” y me encuentro otra cabecera A la vera del “ Genilsissippi”, que abarca el blues y donde tuve muchos años que ver con mi estimado compañero de viaje Pecos Beck (DEP), un referente inolvidable en esta ciudad dentro del apartado Escuela de Blues. Y no pude evitar detenerme ahí. Son más de treinta años colaborando juntos, primero con nuestro proyecto íntimo Fantasías animadas de ayer y hoy: Presentan a…, con el que dimos la lata —bendita lata— por los garitos granaínos. Después llegarían dos proyectos ya emblemáticos.
Uno de ellos fue Play Beatles, seleccionado en 2008 por el programa Enrédate de la Junta de Andalucía, lo que nos llevó a realizar más de cincuenta actuaciones. Aquello tuvo continuidad al año siguiente, recorriendo veinticinco pueblos más de la geografía andaluza. Según la directora de aquel programa nos comentó que fuimos el grupo con más actuaciones solicitadas en esos dos años En 2010 grabamos en directo, Sangre, sudor y lágrimas, un homenaje al grupo emblemático del jazz-rock Blood, Sweat & Tears, con el que realizamos otra extensa y memorable gira por Andalucía.
¿Le apetece escuchar, Come together? ➡️
¿Le apetece escuchar, Spinning wheel? ➡️
Hago este recordatorio simplemente porque en el libro Zapatos de piel de caimán hay un pasaje que dice “ Pecos se puso al frente de la orquesta hispanocubana Tito Poyatos Band. Con ellos ha publicado un par de discos sensacionales, como fueron el Tributo a Tito Puente”. Es, claramente, una errata, y quería dejar constancia de que ese disco se grabó con CuBop.
¿Les apetece escuchar, Amanecer guajira ? ⬆️
¿Les apetece escuchar, Lágrimas negras?⬇️
Comenta J.A.A. que Juanje admira a José Ignacio García Lapido, y motivos no le faltan: en el libro queda bien reflejado y argumentado. Personalmente, y visto con la distancia del tiempo, se puede entender. Sin embargo, entre el capítulo dedicado a La Guardia y el de 091 (Los Cero), hay un matiz, un reflejo, que no he sabido captar o interpretar del todo.
Y vuelvo a insistir: he vivido esa época. Me cuesta entender que un grupo que, según escribe el propio autor, vendió casi un millón de discos en apenas tres años, y que ostenta el récord de ventas de un grupo granadino, no tenga a su cantante con un mayor reconocimiento en esta “especie de gran enciclopedia”, como acertadamente la definió Antonio Muñoz Molina. O que, por ejemplo, no se mencione que el batería Emilio Muñoz realizó una gira con el cantante extremeño Julien Elsie tras su proyecto Chamaco, coliderado con Manuel España y Tony Guerrero. No alcanzo a comprender cómo, en el apartado de Segundas vidas, el cantante que más discos ha vendido no cuenta con una exposición más amplia de su recorrido musical. Y lo reitero: lo digo sin acritud.
Por cierto, tuve la suerte de trabajar con ellos durante cinco años. Entré en 1990 y participé en una gira de más de un centenar de bolos con el disco Cuando brille el sol. Fue entonces —literalmente— cuando empecé a perder el pelo.
Luis y Manolo
Créditos
Expo 92
En julio de 1991 se grabó Al otro lado, un trabajo en el que colaboré con La Guardia aportando mis primeros arreglos de vientos. En aquella grabación participaron Danny Deysher y David Herrington a las trompetas; Arturo Cid y Tom Hornsby a los saxos; y el trombonista sueco Ove Larson. Conviene dejar claro que fue únicamente en la gira de 1992 cuando se incorporó de forma estable la sección de vientos. Es decir, La Guardia pasó de cuarteto a quinteto —conmigo desde 1990 hasta 1995—, y no fue hasta 1992 cuando se contrataron los magníficos saxos Tom Hornsby (alto) y Arturo Cid (tenor).
¿Le apetece escuchar, Vives en un barco (La Guardia)?⬅️
¿Le apetece escuchar, Recuerda bien (La Guardia)?➡️
Aquella gira quedó reflejada en una grabación posteriormente remasterizada, que hoy puede encontrarse en internet: una emisión de Los 40 Principales grabada por Canal Plus durante la Expo 92, que recomiendo encarecidamente ver.
En 1993 se volvió al formato de quinteto y se grabó Contra reloj, donde de nuevo hubo temas con metales y arreglos míos. En esta ocasión participaron el madrileño José Luis Medrano a la trompeta, el granadino Manuel Morales a los saxos y Antonio Pallares al trombón.
Finalmente, en 1994 se grabó Acento del sur en Estados Unidos, ya con músicos locales. En 1995, el grupo se separó.
Quisiera compartir esta remembranza dedicada al grupo La Guardia
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He echado en falta a estos profesionales. Aunque solo hubiese sido un guiño. Y quizá por eso siento hoy la necesidad de adjuntar una nueva remembranza —que va camino de convertirse en mi humilde y pequeña enciclopedia personal— dedicada a esos compañeros sin los cuales nada de todo esto habría sido posible: los “pipas”, pieza esencial de toda esta aventura del directo.
Esa familia que hemos formado —y seguimos formando—, ese universo maravilloso que durante décadas ha sostenido, desde la trastienda y el anonimato, el lugar musical que a esta ciudad le corresponde.
⬅️ Aquí queda este recuerdo
Dentro del apartado Otras voces, otros cantos, no deja de sorprenderme que se haya pasado por alto —e incluso en el índice alfabético de grupos musicales— al grupo Al-Kharim, pioneros a finales de los años setenta de lo que más tarde se denominaría música arábigo-andaluza. Por allí pasaron Eloy Heredia, Armando López, Rafalín “Habichuela” , Ochandito (DEP), G. Morente, Pepe “el planeta” , Rafael “ el rubio” y Fernando López Castellanos a los bongos.
Ganadores del Festival de Alhama, apenas encuentro referencias a ellos, y solo aparecen citados en el apartado dedicado a campañas políticas, compartiendo cartel con Jazzmin y 091. Demasiado poco para lo que significaron.Y comentar que Fernando ha sido “el percu” de esta ciudad desde mediado de los setenta y hoy con su grupo Más anchos que panchos”.
Por cierto, Fernando tiene un disco de música y letra propia titulado A temporal, que grabó Enrique Alirangues, aunque bajo un nuevo nombre: Alides. Aprovecho también para recordar que en su disco Hay que practicar, los arreglos corrieron a cargo, además de nuestro querido Josué Martínez (DEP), de Nicolás Medina y de quien escribe esta remembranza.
En cuanto al apartado de Salas, no puedo dejar de mencionar que también tuve la dicha de ejercer de tabernero, gestionando la programación durante cuatro años la dirección de la Sala Cha, un espacio por el que pasó buena parte de la historia musical de Granada, de la Comunidad Andaluza y también de fuera de ella.
Por allí desfilaron más de trescientos conciertos, algunos especialmente sonados por ser de los primeros en su estilo. Recuerdo, por ejemplo, los inicios del indie con Lori Meyers, Del Ayo o los donostiarras La Buena Vida. Menudo lío me armó el productor que los trajo: el exceso de venta de entradas nos obligó —y gracias a una encantadora sanitaria— a atender a lo largo de la calle a jóvenes “piernas arriba”, víctimas de lipotimias varias.
Pasaron también cantautores como Hilario Camacho, Pepín Tre, Javier Ruibal, Javier Krahe o Luis Pastor; y bandas locales como Funkdación, Los Lagartos, La Blues Band, Tito Poyatos Band, CuBop, Supervivientes, los Habichuela, y tantos otros que sería imposible enumerar sin cometer la injusticia de dejar a alguien fuera.
Todo ello forma parte de una misma historia: la de una ciudad que se construyó musicalmente gracias al talento, sí, pero también al trabajo silencioso, a la camaradería y a la pasión de quienes estuvieron siempre ahí, sosteniendo el escenario desde las sombras.
Siguiendo la lectura —por encima, porque el libro es una auténtica joya y hay que decirlo: al César lo que es del César— queda claro que estamos ante un trabajo exhaustivo y duradero. Más de seis años de preparación y más de cinco mil fotografías dan buena cuenta de ello.
Y así llegamos al apartado del JAZZ
Por ejemplo, no se menciona el afamado concierto celebrado en La Hermandad Ferroviaria, protagonizado por cuatro granadinos llamados Fernando Wilhelmi, Ernesto Baquero, Caíto Dessi y Victor Olmedo . Aquello supuso un soplo de aire nuevo para quienes acabábamos de descubrir este género. Apenas había músicos en Granada que tocaran jazz por entonces, y fue una auténtica revelación escuchar un Take Five, el Canto de Ossanha del guitarrista Baden Powell, temas del clarinetista Buddy DeFranco, e incluso composiciones propias como La samba de los bichos, cuya autoría pertenecía a Ernesto Baquero. Estamos hablando de críos de 17 años, en 1976. Casi nada. Por cierto, echo en falta en el apartado “Canciones inspiradas por Granada”, una composición muy bella compuesta por Baquero.
Desconozco si por entonces ya estaba en la ciudad Juan Jesús, o si Arturo Cid, presentado como corrector y colaborador de esta joya musical, tenía conocimiento de aquel evento tan determinante para entender a la generación que llegó casi un lustro después. Nuestro compañero Arturo tendría apenas diez añitos en aquella época.
Ernesto Baquero.
¿Le apetece escuchar Amanece sobre Granada de Ernesto Baquero? ➡️
El creador de este libro señala catorce ases, nombrando a “catorce músicos que sostendrían la escena jazz en los años posteriores”. Permítaseme añadir que faltaba uno: Víctor Olmedo, cuya aportación fue igualmente fundamental.
El concierto de Ferroviarios fue una experiencia única. Un año antes, en mayo de 1975, había asistido al Primer Festival Internacional de Jazz, presentado por el inolvidable Juan Claudio Cifuentes, celebrado en el crucero del Hospital Real y organizado por ese ser maravilloso que fue Alejandro Reyes Domene, a quien tuve el placer de conocer años más tarde en su santuario, El Johnny, acompañando a Carlos Cano.
Es a partir de 1980, primero en el bar El Saxo y posteriormente con el Colectivo Plaza de Toros, cuando empieza a fraguarse toda esa creatividad compartida en torno a este género tan libre y tan exigente llamado jazz.
Quisiera terminar esta remembranza felicitando a los autores y a todos los colaboradores de este tocho —que pesa lo suyo, aproximadamente dos kilos seiscientos gramos— y que expone, con acierto y valentía, lo sucedido en una ciudad donde nunca ha sido fácil construir una verdadera unión entre los músicos.
No podía imaginar, hasta vivirlo en mis propias carnes, la cantidad de tonterías que se generaban a partir de las etiquetas: si uno era rockero, popero, verbenero, salsero, jazzista, indie… cuando, al final, la música es una sola, y debería escribirse siempre con mayúscula. Basta con entender el concepto y saber ubicarse.
Porque, si algo tengo claro, es que lo que menos me he sentido en la vida ha sido músico de jazz… y, sin embargo, ha sido la mejor escuela para desarrollarse, escuchar, respetar y aprender.
Y quizá esa sea la mayor lección: que las escenas pasan, los estilos cambian, pero el aprendizaje compartido y la memoria bien contada son lo único que verdaderamente permanece.
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