Rojas
Jaime Tenorio.
Marzo/26.
"En la España del siglo XX (con la excepción de la II República y el periodo democrático) las mujeres fueron "seres" sin ningún derecho político y con un papel social relegado al ámbito familiar: ser buenas hijas primero y buenas madres y esposas después".
El siglo XX tiene inicios convulsos para España, la guarra del Rif, casi inmediata a la pérdida de la últimas colonias en Ultramar, marcó de forma sangrienta las páginas de los históricos anales hispanos. Una España regida por una monarquía inepta, incapaz y corrompida que apoyó varios procesos dictatoriales, y a una posterior república aciaga suerte, una época de caos, violencia y muerte, donde la mujer siempre tuvo las de perder.
En la España del siglo XX (con la excepción de la II República y el periodo democrático) las mujeres fueron "seres" sin ningún derecho político y con un papel social relegado al ámbito familiar: ser buenas hijas primero y buenas madres y esposas después, de acuerdo con los cánones morales del catolicismo sostenidos por la institución que más peso tuvo y tiene en la sociedad española: la Iglesia Católica.
Un estatus el de la mujer que se vio especialmente perjudicada durante el periodo de la Guerra Civil, con escuadrones de la muerte falangistas encargados especialmente de perseguir, acosar, denigrar e incluso asesinar a las "rojas" de modo que sus maridos, hermanos, padres...que estaban combatiendo contra las fuerzas traidoras del fascismo, tuviesen la preocupación de lo que podía ocurrirles a "sus" mujeres en la retaguardia ocupada por hordas de asesinos y criminales que las utilizaban como munición contra quienes luchaban a favor de la libertad y la legitimidad.
Aquellas mujeres de la república eran sometidas a todo tipo de abusos por los matones fascistas, desde violaciones en grupo, a humillaciones públicas o incluso el asesinato.
Los esbirros de falange, al servicio de la represión fascista fueron implacables, sobre todo en los barrios obreros en los que se organizaron "cárceles" clandestinas donde las “rojas” eran torturadas, violadas, se les rapaba la cabeza, y sacaba a “pasear” por el barrio, después de hacerlas beber aceite de ricino, o eran obligadas a ver como se torturaba a sus hijos a fin de doblegar su voluntad y delataran a personas a las que, en la mayoría de los casos no podían delatar, porque nada sabían.
Todas estas atrocidades contaron con la complicidad de la Iglesia, que refrendó el carácter "sagrado" del alzamiento fascista y su posterior guerra, así como de las barbaries y los crímenes perpetrados durante la misma.
Al finalizar el conflicto la situación del pueblo en general y muy en particular de las mujeres, no solo no mejoró, fue mucho el incremento de sus penurias, con el modelo sociocultural que impuso la Iglesia Católica y Falange, destinado más a la venganza de los sublevados y el inicio del régimen franquista, que a la reconstrucción de una sociedad fragmentada hasta nuestros días.
Una Iglesia Católica que ejerció un control absoluto de las prisiones de mujeres que florecieron como setas al finalizar la contienda civil y en las que se pretendía "reeducar" a las "rojas". dado que las mujeres constituyeron un colectivo clave para la "recatolización" de España tras la experiencia laicista de la II República, lo que llevó a las mujeres a ser obligadas a bautizarse y llevar a cabo prácticas religiosas, además de ser obligadas a la oración. Aquellas mujeres eran chantajeadas a practicar el catolicismo a cambio de recibir agua caliente para poder limpiar los trapos que usaban para limpiarse durante la menstruación, o para obtener alimento para sus hijos.
No fueron pocas las que terminaron frente a un pelotón de heroicos asesinos, como las célebres Trece Rosas.
Un papel de sometimiento social y religioso impuesto por los fascistas que perduró incluso después de la muerte del genocida Francisco Franco y hasta la llegada del periodo democrático.
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