La Rana Abrasada
Alberto Granados.
Noviembre/25.
La democracia se ha convertido en una indefensa rana y decir la democracia es decir cada uno de nosotros, inmersos en nuestras vidas y poco atentos al caldero y al hornillo con que nos están abrasando.
Se dice que si se mete una rana en un recipiente con agua que se va calentando poco a poco, el anfibio muere hervido, al final del cruel proceso, sin haberse dado cuenta, ya que el calentamiento se ha producido de forma gradual, sin que el animal haya podido percibir el aumento de la temperatura ni la inminencia de su muerte. El llamado síndrome de la rana hervida pone de manifiesto la capacidad de adaptarnos a circunstancias adversas siempre que estas se produzcan paulatinamente, porque somos incapaces de percibir la gradación del desastre, de ahí que los más espabilados, los que detentan el poder, hayan aprendido que somos ranas a las que pueden achicharrar sin reparo alguno, pues cuando alguien sea consciente de lo que está sucediendo será tarde para reaccionar.
La democracia se ha convertido en una indefensa rana y decir la democracia es decir cada uno de nosotros, inmersos en nuestras vidas y poco atentos al caldero y al hornillo con que nos están abrasando. En estos desolados días, la alegoría me ha asaltado porque el fallo del Tribunal Supremo del pasado día 20 me ha hecho sentirme una desgraciada rana en un caldero de agua, aún tibia, pero que pronto empezará a ser insoportable, para terminar siendo letal para la democracia.
Tal como yo lo veo, el primer calentón vino cuando se dijo que el gobierno de Pedro Sánchez no era legítimo porque las elecciones las había ganado el PP, aunque todo el proceso llegó de la mano de la Constitución y su desarrollo legislativo. Nos callamos porque no nos enteramos de que el agua había subido unos grados. Después se habló de que un partido legal, Podemos, era comunista, aplicada la adjetivación con la intención más difamatoria posible, algo ya superado durante la Transición. Como mucho, nos extrañamos de que cierta señora dedicada a la política desenterrara el viejo fantasma anticomunista, pero no llegamos a darnos cuenta de la gravedad de la acusación. Y fueron llegando cada vez más subidas de termostato: la pandemia y el confinamiento supusieron la demostración palpable de que esto era una dictadura, aunque la medida salvó miles de vidas. Tampoco nos dimos por enterados de las maniobras destinadas a mentirnos en las valoraciones de cualquier hecho gubernamental. Luego empezaron las acusaciones y las denuncias en los juzgados. Gente tan acreditada como Manos Limpias intentó conseguir una sentencia condenatoria para la esposa del Presidente por motivos tan insustanciales que el propio juez, tras haber recurrido a trucos judiciales impensables, ha expulsado del proceso a la parte denunciante. Y no hemos reaccionado. Tampoco lo hemos hecho cuando se ha condenado, sin sentencia, al Fiscal General del Estado en un proceso en el que la regla de oro del derecho, el in dubio pro reo, ha quedado pisoteada. Al ver el origen de este irregular proceso, la rana que somos todos nosotros ha empezado a intentar saltar del caldero, tal vez por haber percibido al fin, que tal cantidad de basura política está a punto de colapsar y abrasar nuestro sistema democrático.
Ha quedado claro para la gente común que a ciertas personas no se les puede tocar, ni siquiera cuando el abogado que los representa ha aceptado un delito contra la hacienda pública. Yo veo en este caso la larga sombra de un expresidente que ya nos mintió hace veinte años y de su poderosa asociación franquista. Él fue quien pidió que “el que pueda hacer que haga” para desalojar la Moncloa. Y un maquiavelo de bolsillo se permite felicitar a su jefa con la lapidaria frase: «Los has machacado». Para desalojar a Mazón, en cambio, ha hecho falta un año y mucha presión popular. Está todo tan sesgado que da pánico pensar en el futuro.
Recuerdo un tiempo en que los cambios provenían de las exigencias de la izquierda revolucionaria. La situación ha cambiado y ahora es la derecha, que representa a quienes lo tienen todo, la que exige cambios tendentes a dejarles las manos sueltas para hacer lo que quieran y deshacer lo que costó décadas poner en pie para beneficio de todos.
Lo que no han sabido valorar estos sujetos es el destrozo que están provocando en nuestro sistema democrático. Si se empieza a trampear desde lo alto, si se instalan la mentira, la denuncia indiscriminada, la difamación sistemática, no se está dañando a Pedro Sánchez, sino a todos y cada uno de los rincones institucionales del Estado. Es decir, se está asesinando a esa desgraciada rana que somos todos. No queda otra solución que ir enfriando el agua de ese caldero en que todos podemos encontrar esa muerte democrática que no nos merecemos. Las manifestaciones de estos días van en ese sentido. Y no deberíamos dejar pasar ninguna arbitrariedad de estos usurpadores. Por la salud democrática de la rana
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