Donald Trump es un pacificador armado de sinrazones.


Specula.

Enero/26.

 

"El presidente americano hablaba de paz mientras sostenía activamente la guerra saudí contra Yemen, suministrando armas, inteligencia y respaldo diplomático. Vetó resoluciones del Congreso que intentaban frenar esa implicación, incluso cuando Naciones Unidas alertaba de hambruna masiva y crímenes contra civiles. La paz, en este esquema, parecía tener límites geográficos y humanos muy precisos."

 

Arquitecto de la guerra permanente sin declaración oficial.

Donald Trump se sigue proponiendo —así le gusta exhibirse— como el gran garante de la paz. Es un presidente que dice odiar las guerras, que presume de no haber iniciado conflictos “diferente de los candentes” y que se autodefine como antítesis del intervencionismo clásico de Washington. Sin embargo, basta observar su política exterior sin filtros para descubrir una línea directriz inquietante: la paz como discurso y la guerra como método, ya sea directa, delegada, económica o psicológica.

Trump no declaró nuevas guerras formales, es cierto, pero tampoco las desactivó. Durante su presidencia, Estados Unidos intensificó el uso de drones, redujo los estándares de transparencia sobre víctimas civiles y amplió operaciones militares encubiertas en Afganistán, Irak, Siria, Yemen y Somalia. La violencia continuó; simplemente se volvió más silenciosa, más técnica y políticamente menos costosa, es decir, mejor adaptada a los estándares comunicacionales del siglo XXI.

En Siria, Trump ordenó bombardeos directos contra el Estado sirio bajo el argumento explícito del control de recursos energéticos. En Irak, autorizó el asesinato del general iraní Qasem Soleimani, un acto que llevó a los dos Estados al borde de la guerra abierta y que fue condenado por numerosos juristas internacionales. ¿Disuasión o provocación calculada?

El presidente americano hablaba de paz mientras sostenía activamente la guerra saudí contra Yemen, suministrando armas, inteligencia y respaldo diplomático. Vetó resoluciones del Congreso que intentaban frenar esa implicación, incluso cuando Naciones Unidas alertaba de hambruna masiva y crímenes contra civiles. La paz, en este esquema, parecía tener límites geográficos y humanos muy precisos.

Uno de los casos más reveladores de la estrategia trumpista fue la construcción deliberada de un clima prebélico en torno a Venezuela, con Colombia como plataforma regional. Sin declaración formal de guerra, Estados Unidos desplegó una ofensiva política, económica y comunicacional que sentó las bases para una posible intervención armada con Corina Machado como troyano activo dentro de la propia Venezuela.

En este contexto emerge el llamado “Cartel de los Soles”, presentado por la administración Trump como una supuesta organización narcotraficante dirigida desde las más altas esferas del Estado venezolano. El problema no es solo la gravedad de la acusación, sino el hecho fundamental de que nunca ha sido probada judicialmente en tribunales independientes. No hay sentencias firmes, no hay procesos contradictorios, no hay evidencias públicas verificables. Hay, en cambio, acusaciones unilaterales, recompensas económicas y una narrativa funcional del conflicto que, se utiliza como justificación universal de su presente y de su posible futuro bélico.

Este patrón no es nuevo: la criminalización del adversario como paso previo a la intervención. Del “armas de destrucción masiva” en Irak al “narcoestado” venezolano, la lógica es la misma: deshumanizar, aislar, sancionar y preparar a la opinión pública para aceptar la guerra como solución inevitable, aunque USA sea el mayor consumidor, auspiciador del tráfico de drogas y del lavado del dinero que ese negocio produce.

A veces, la guerra no se inicia con bombas, sino con el desmontaje de los equilibrios que la contenían.

Bajo Trump, Estados Unidos alcanzó cifras récord en exportación de armamento. Hablar de paz mientras se alimentan conflictos mediante la venta de armas no es una contradicción accidental: es un modelo de negocio. La guerra se externaliza, se fragmenta y se subcontrata mientras unos dividendos desmesurados engrosan los bolsillos de siempre; esos son los resultados económicos para una parte. Enfrente lo normal es la ruina y la devastación.

Trump no es un pacifista. Es un gestor del relato. Su mayor éxito no fue detener guerras, sino convencer a parte del mundo de que la guerra no existe si no se declara, si no ocupa portadas, si se libra mediante sanciones, drones, mercenarios o acusaciones sin juicio.

Pero para quienes viven bajo bloqueos económicos, amenazas militares, operaciones encubiertas o conflictos inducidos, la diferencia es irrelevante. Trump se presenta como pacificador. La historia, probablemente, lo recordará como un arquitecto de la guerra permanente sin declaración oficial, al menos de momento.

Trump también se proclamó pacificador en Oriente Próximo gracias a los Acuerdos de Abraham, pero estos eludieron el núcleo del conflicto palestino. Al reconocer Jerusalén como capital de Israel y respaldar sin reservas a su gobierno, Estados Unidos abandonó cualquier pretensión de mediación y reforzó una dinámica de poder que ha desembocado repetidamente en nuevas explosiones de violencia en Gaza y Cisjordania.

Aquí, la paz no es justicia ni diálogo: es imposición geopolítica presentada como estabilidad siempre en favor del amigo más fuerte.

Aunque Trump asegura que habría evitado o detenido la guerra en Ucrania, su legado muestra otra cosa: deslegitimó alianzas, debilitó la OTAN y convirtió la seguridad colectiva en una moneda de negociación personal. Esa ambigüedad estratégica no trajo paz, sino vacíos de poder que otros actores supieron aprovechar.


Añadir comentario

Comentarios

Todavía no hay comentarios