No hay arte cuando el silencio mata
Luis Poyatos.
Noviembre/25.
Hace más de 80 años, en la primavera de 1939, una mujer negra se subió a un pequeño escenario del club “Café Society” en Nueva York y cambió la historia de la música.
Billie Holiday, una de las voces más poderosas del jazz, cantó una canción que se convirtió en un puñetazo al alma de Estados Unidos: Strange Fruit.
No era una canción de amor ni una balada más. Era un lamento y una denuncia. En sus versos, la belleza del sur de Estados Unidos se mezclaba con la imagen brutal de cuerpos negros colgando de los árboles. Aquella “fruta extraña” era el símbolo de siglos de racismo y violencia. Por primera vez, una artista popular llevaba al escenario el dolor y la rabia de un pueblo que vivía bajo el terror. Un país dividido por el color de la piel.
A finales de los años treinta, Estados Unidos seguía marcado por las leyes “Jim Crow”, un sistema de segregación que mantenía a millones de afroamericanos en la pobreza, el miedo y la exclusión. Las escuelas, los baños, los trenes, los restaurantes: todo estaba dividido por el color de la piel. Pero la separación no era solo legal. Era también emocional, cotidiana, interiorizada. Ser negro significaba vivir con el miedo de no volver a casa, de ser acusado, golpeado o asesinado sin motivo alguno. Entre 1882 y 1968 se registraron oficialmente casi cinco mil linchamientos.
Muchos más quedaron impunes y olvidados. Los linchamientos no eran actos secretos. Eran espectáculos públicos. Familias blancas enteras asistían, sonreían, guardaban trozos de cuerda o de ropa como “recuerdos”.
Aquella barbarie era el espejo de un país que se decía libre y democrático, pero que construía su prosperidad sobre la humillación y la sangre.
Fue precisamente una fotografía de uno de esos linchamientos la que marcó al profesor de secundaria, de origen judío, Abel Meeropol. Abel provenía de migrantes judíos ucranianos, nació en 1903 en el Bronk (Nueva York), obtuvo una maestría por parte de la Universidad de Harvard y entre sus alumnos hay que destacar al activista y defensor de los derechos civiles James Baldwin.
La fotografía fue captada por Lawrence Beitler con motivo del linchamiento en la ciudad de Marion, estado norteamericano de Indiana, el 7 de agosto de 1930
Militante sindical y antifascista, fue miembro del Partido Comunista Americano desde 1932 a 1947. Meeropol escribió un poema para exorcizar el horror que había visto titulándolo “Bitter Fruit”. Lo escribió bajo el seudónimo de Lewis Allan, en memoria de los nombres de sus dos hijos. Más tarde adoptó a los dos hijos de sus amigos Ethel y Julius Rosenberg ambos condenados y ejecutados en 1953 por espiar para la Unión Soviética en la silla eléctrica.
Abel publicó “Bitter fruit” (Fruta amarga), por primera vez en una revista del sindicato de maestros en 1937 llamado The New York Teacher (El Profesor de Nueva York) pero en 1938, cambió el titulo por “Fruta extraña”, para reflejar mejor el mensaje de la obra. Fruta extraña “, Strange fruit” da a conocer de forma más efectiva el violento y perturbador mensaje de los cuerpos colgando de los árboles.
Sus versos eran sencillos, pero estremecedores. En ellos se mezclaban el paisaje idílico del sur con el olor de la carne quemada. La canción empezó a circular en reuniones obreras y antifascistas, interpretada por pequeños grupos en Nueva York.
Era un canto contra el odio, contra el fascismo, contra la indiferencia.
Y cuando Billie Holiday la escuchó por primera vez, entendió que debía cantarla. No podía no hacerlo. Billie Holiday sabía el precio que podía pagar. En un país donde ser mujer, negra y libre ya era un acto de resistencia, atreverse a denunciar los crímenes racistas en un escenario era casi una provocación. Su interpretación convirtió el poema en una experiencia imposible de olvidar. En el Café Society, las luces se apagaban, el público quedaba en silencio y solo un foco iluminaba su rostro. Su voz -frágil, poderosa, rota— flotaba sobre el piano y transformaba el dolor en arte, el miedo en dignidad.
La letra dice:
De los árboles sureños pende una fruta extraña
Hay sangre en las hojas y sangre en las raíces
Cuerpos negros balanceándose con la brisa del sur
Extraña fruta colgando de los álamos
Escena pastoral del galante sur
Ojos saltones y bocas torcidas
Aroma de magnolias, dulce y fresco
Entonces el repentino olor a carne quemada
Aquí hay fruta para que los cuervos devoren
Para que la lluvia los junte, para que el viento los seque
Para que el sol los pudra, para que caigan de los árboles
¡ Qué extraña y amarga cosecha !
Para escuchar "Bitter fruit” (Fruta amarga) de Billie Holiday solo dala al "play"
Al terminar, nadie aplaudía: el silencio era la única respuesta posible. Billie comenta en su autobiografía “ The lady Sings the Blues” : “Tenía miedo de que la canción no gustara.La primera vez que la canté pensé que había cometido un error y que había acertado en mis temores.No hubo siquiera un amago de aplauso cuando terminé. Luego una persona comenzó a batir palmas, nerviosa. Y de pronto todos estallaron en una salva atronadora de aplausos”.
El FBI intentó censurarla. Las autoridades fueron con saña a por la cantante. En una entrevista que Billie realizó para la revista Down Beat en 1947 dijo “ Me he ganado muchos enemigos y cantar aquel tema no me ha ayudado para nada lo más mínimo”. Fue detenida por la Oficina Federal de Estupefacientes y acusada de varios delitos que acabarían llevándola a la cárcel. Los clubes le cerraron las puertas. Respecto al autor, Abel Meeropol, comentar que el FBI intentó señalarlo para que confesara que el Partido Comunista era el que le había apagado para que escribiera la letra, eso si, la canción le dejó buenas prebendas. Abel llevaba una vida de enseñanza junto a la de activista. Escribió muchos artículos, poemas ,obras de teatro, canciones , y a destacar “The House I live in” que fue interpretada por Frank Sinatra y la afamada “Apples, peaches and cherries” que convirtió en éxito la cantante Peggy Lee en 1953.
Strange Fruit ya no pertenecía solo a Billie Holiday. Era el grito de un pueblo entero. El eco que llega hasta hoy fue más que una canción: fue un acto de resistencia. Marcó el inicio de una tradición de música comprometida que continuaría con Nina Simone, Sam Cooke, Marvin Gaye, Public Enemy, Kendrick Lamar o Beyoncé. Su fuerza radica en que no habla solo del pasado. Habla también del presente. Porque los cuerpos negros siguen cayendo, las familias siguen llorando, y el racismo sigue reinventándose bajo nuevas formas: la violencia policial, la desigualdad estructural, la exclusión económica, la migración.
Cuando Billie Holiday cantaba “aquí hay una cosecha extraña y amarga”, estaba sembrando también una semilla de conciencia. Una semilla que floreció en las marchas por los derechos civiles, en el Black Power, en Black Lives Matter. Ocho décadas después, su voz todavía incomoda, duele y despierta. Y quizás eso sea lo más hermoso y necesario de Ocho décadas después, la voz de Billie Holiday sigue flotando como un eco que no se apaga, un lamento que atraviesa generaciones y fronteras. “Strange Fruit” no solo cantaba el horror: lo denunciaba. Sembraba la certeza de que el arte tiene el deber de incomodar, de señalar la injusticia, de ponerle nombre al dolor que el poder quiere silenciar.
Esta remembranza va dedicada al pueblo palestino, y a todas las víctimas inocentes de cualquier tierra ocupada por la barbarie. Y también a los músicos, a los artistas, a los que todavía dudan entre callar o cantar: porque en tiempos de genocidio, el silencio no es neutralidad, es complicidad y no hay arte neutral cuando el silencio mata.
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