Memoria Histórica
Luis Sánchez Fernández.
Julio/26.
"Todos sabemos que sí que hicieron cosas, claro que hicieron, y mucho; trabajaron por la cultura, lucharon contra el analfabetismo, por crear infraestructuras, pelearon contra el hambre, se movilizaron por implantar justicia, por defender la honradez y la ética como forma de vida."
“La memoria histórica es un tema pendiente en la sociedad española, que tiene una deuda moral enorme con las familias de los desaparecidos”, declaró hace años Pedro Almodóvar en la inauguración del Festival de Cine de Venecia, donde presentaba su, por entonces, última película, Madres paralelas. Estas declaraciones me hicieron reflexionar sobre un debate todavía abierto, aunque creo que aún sin la suficiente profundidad –hay que seguir cavando con la cuchara, como decía nuestro querido Chato Galante– en el movimiento memorialista, sobre algunos de los pilares fundamentales sobre los que se ha levantado: la reclamación de esa deuda y la memoria de las familias.
En julio de 1969 Franco designó al entonces príncipe Juan Carlos como su sucesor tras su muerte.
Respecto a lo primero, señalaré que, en mi humilde opinión, la deuda no la tiene la sociedad española, sino el Estado español, como continuador –no olvidemos que aquí no hubo ruptura, sino una “modélica y ejemplar transición”– del régimen franquista. Y para muestra solo hay que echar cuentas de cuántos jueces franquistas fueron apartados de los tribunales, cuántos funcionarios franquistas fueron depurados y cuántos militares y policías franquistas fueron juzgados por sus crímenes durante la dictadura, por no hablar de la continuidad en la jefatura del Estado, ocupada por el sucesor designado por el mismísimo genocida y que hoy se encuentra “huido” de la justicia por chorizo y por Borbón.
Al Estado, y no a la sociedad que sufre continuamente recortes también en derechos y libertades, es a quien hay que reclamarle esta deuda, que no debe ser solo moral, sino también económica, para resarcir a los que, en nombre de ese Estado, fueron objeto de espolio, tanto económico como judicial, comenzando por anular todos los juicios políticos de la dictadura, por los que muchos españoles sufrieron años de prisión, con torturas y vejaciones inimaginables, y por los que muchos también fueron ejecutados.
En cuanto a la segunda cuestión, y desde mi mayor respeto a las familias de los que sufrieron la cárcel, las torturas o la muerte a manos de los esbirros de la dictadura, quiero decir que, como no podría ser de otro modo, reconozco el derecho de cada familia a llorar a sus muertos y a invocar sus bondades y la injusticia de la que fueron objeto, pero creo que deben romper con ese discurso del “buenismo”, como hice yo con mi abuelo: eso de “ellos eran inocentes”, “no habían hecho nada”… Todos sabemos que sí que hicieron cosas, claro que hicieron, y mucho; trabajaron por la cultura, lucharon contra el analfabetismo, por crear infraestructuras, pelearon contra el hambre, se movilizaron por implantar justicia, por defender la honradez y la ética como forma de vida. Lo que no cometieron fue ningún delito: fueron fieles a una República democráticamente elegida y que perseguía, entre otras muchas cosas, lo que os acabo de relatar.
Ahora bien, si no reconocemos a nuestros muertos, torturados, reprimidos, mutilados, asesinados, bebés robados, cunetas, exiliados y asesinados en campos de concentración fuera y dentro del Estado… seremos un pueblo maldito por olvidarnos de nuestra gente… ELLOS LOS OLVIDARON. NOSOTROS NUNCA LOS OLVIDAREMOS.
El régimen franquista no los eligió al azar; los eligió simplemente para infundir el terror. No mató a cientos de miles de españoles por su bondad: los mató porque eran antifascistas, porque aquellos hombres y mujeres (ellas, que siguen siendo las víctimas invisibles) eran quienes podían dar la batalla al fascismo. Del mismo modo, hay que señalar que la Memoria Antifascista no les pertenece a las familias, sino a toda esa sociedad española a la que invocaba Almodóvar.
“Creo que España, después de 85 años, necesita cerrar esa deuda”, dijo también Almodóvar, quizá con la esperanza de que la nueva Ley de Memoria Democrática cerrara esas “heridas abiertas”, pero ni tan siquiera los activistas del movimiento memorialista nos lo creemos. Sin la derogación de la Ley de Amnistía, que es en realidad una Ley de Punto Final, creada para cerrarle las puertas a cualquier responsabilidad penal sobre los crímenes de la dictadura, no es posible que hablemos en serio de cerrar ninguna herida.
Ni tan siquiera en la apertura de las fosas y en la recuperación de los restos de las víctimas se está actuando, a mi entender, de forma correcta, y aunque exista una implicación económica de las administraciones, estas seguirán siendo un acto –importante y necesario– privado, circunscrito a las familias y a los colectivos que promueven las excavaciones, cuando lo que deberían es realizarse bajo la supervisión de un juez, en representación del Estado, para que abriera una investigación sobre los crímenes cometidos.
Otro de los temas que me viene preocupando al respecto de la Memoria, que hemos de llamar siempre Antifascista, porque si no estamos hablando de otra cosa, es la campaña orquestada contra los lugares donde honramos a nuestros mártires, a los lugares donde fueron encarcelados, donde cayeron en combate o fueron asesinados por el fascismo. Calificados por la prensa canalla, en el mejor de los casos, como “vandalismo”, se han registrado en los últimos años graves ataques contra los lugares de la Memoria, como la paralización del memorial a los fusilados republicanos en el cementerio del Este, con casi la totalidad de las placas puestas con los 2.936 nombres; las placas con poemas de Miguel Hernández; la misma tapia del cementerio; la placa conmemorativa de Francisco Largo Caballero; los monumentos a las Brigadas Internacionales; el mural feminista de Ciudad Lineal; y, ya en nuestro distrito, la tantas veces vandalizada placa de Yolanda González y el Memorial de la Maestra Justa Freire, y el también tantas veces vandalizado Memorial de la cárcel de Carabanchel, por la que estamos luchando para crear un Centro de Memoria, etc.
Ahora ese fascismo 2.0 quiere seguir mostrando su músculo en nuestras calles, atacando cualquier tipo de propaganda nacionalista, feminista o, simplemente, de izquierdas, como venimos denunciando repetidamente los colectivos antifascistas. Y este artículo es muestra de ello: otra forma de luchar, esta vez con la palabra y la razón, contra el odio de nuestros adversarios.
Es urgente que toda la sociedad actúe contra la amenaza de este fascismo que ya campa a sus anchas por nuestras calles y nuestras instituciones, con total impunidad, ante la inanición de un Estado que sigue sin reconocer a las víctimas del franquismo y también –no conviene olvidarlas– a las de la Transición, que se cuentan por cientos y que sufrieron el terrorismo de Estado más atroz.
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