Manual de prácticas heterodoxas en política
Alberto Granados.
Febrero/26.
"La vida política española se ha convertido en un basurero ético en que no hay más que una línea de ataque permanente y una reacción defensiva, llena de concesiones"
Viví un tiempo en el que los resultados electorales y la subsiguiente aritmética parlamentaria de pactos dejaban a uno de los dos grandes partidos en el gobierno y al otro en la oposición. Por aquellos años, la oposición conocía su ingrato papel y lo asumía con un cierto grado de irritación que nunca traspasó unos límites civilizados.
Pero hubo un año en que las elecciones volvieron a poner a Felipe González en la Presidencia del Gobierno, cuando José María Aznar contaba con las urnas a su favor. Ahí se rompió, tal vez para siempre, el balón y empezó una práctica política que me produce arcadas. Fue aquella época en que pocas semanas después de que las urnas legitimaran a González como Presidente, Aznar sacó aquel fatigoso mantra del «Váyase, señor González».
Nunca entendí esa petición de salida del gobierno, que equivalía a deslegitimar un resultado electoral, pero no podía sospechar que el deterioro democrático iba a llegar, 30 años después, a las cotas que ha alcanzado en estos últimos tiempos en que, de nuevo, la aritmética parlamentaria y los pactos, totalmente legítimos, han arrebatado a Feijóo una Moncloa que la noche electoral se le presentaba como su gran oportunidad. Desde entonces, la vida política española se ha convertido en un basurero ético en que no hay más que una línea de ataque permanente y una reacción defensiva, llena de concesiones.
Silvia Intxaurrondo, periodista de Radio televisión Española.
Una sociedad, la española, cada vez más escorada a la derecha, pasa por una serie de situaciones que me hacen pensar que los ciudadanos que nos sentimos de izquierdas, a lo que tenemos todo nuestro derecho, estamos al margen del paraguas protector de una justicia que debería ser ciega y neutra. Y surgen mis perplejidades en esa línea. Veamos: Un general reservista asegura que la solución de España es meterle un tiro en la cabeza a 26 millones de hijos de puta. Lo dice y no pasa absolutamente nada: ni Fiscalía, ni la Guardia Civil, ni el Ministerio de Defensa toma medida alguna. Tenemos a un sujeto llamado Vito Quiles acosando a periodistas de izquierda, como Ana Pardo de Vera, Antonio Maestre o Sarah Santaolalla y a una legión de seguidores en redes que desacreditan a Ana Pastor, Silvia Intxaurrondo, Angels Barceló o Xavier Fortes, de los que se dicen verdaderas barbaridades y nadie se ocupa de protegerlos, porque son de izquierdas, o más exactamente: porque quienes los atacan son de derechas, y tal vez la derecha siga siendo intocable. Hemos visto un juicio al Fiscal General del Estado, juicio que ha estado lleno de irregularidades y ha quedado claro que la señora Ayuso, su novio y su asesor son intocables, incluso aceptando que han mentido en sede judicial. Tampoco pasa nada. De la misma forma que un famoso le pide a Trump que mire para España para derrocar a ese dictador llamado Pedro Sánchez y otro le envía una fotografía de La Moncloa indicándole el punto exacto donde debería mandar un misil de largo alcance, que es dormitorio de Pedro Sánchez. Sin consecuencias judiciales. Hemos visto manifestaciones salvajes en Ferraz con ahorcamiento en efigie del Presidente del Gobierno y no ha pasado nada, una vez más. El tribunal que juzgará a González Amador, novio de la señora Ayuso, asegura que es imposible juzgarlo antes de las elecciones de 2027, lo que ha sido apostillado por Gabriel Rufián como “juicio a la carta”, algo muy distinto a lo sucedido cuando la sentencia era contraria a los intereses del PSOE y salía en plena campaña electoral. Tampoco ha pasado nada. Y, por terminar con esta inacabable cadena de despropósitos democráticos: hemos visto a Aznar pedir que “quien pueda hacer que haga”, formulación que no admite más lectura que la incitación al golpismo. Y tampoco ha hecho nada ningún poder ni ningún mecanismo del engranaje del Estado.
La conclusión es contundente: la derecha mantiene en su mano todas las bazas del poder, pues manda en los jueces que se dejan mandar, en sectores conservadores de las Fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, además de contar con una ingente cantidad de medios y pseudomedios periodísticos, amén de perfiles en las redes sociales donde esparcir la semilla del odio y la mentira.
Estas formas de hacer política dejan a un sector de la población española fuera de los mecanismos normales que se recogen en la Constitución y dejan en la boca el sabor amargo que produce la idea de que en España, o eres de derechas, o no estás a cubierto de la manipulación y la mentira.
Parece que la nueva práctica política consiste en urdir un embuste tras otro sobre el ámbito político, familiar, empresarial... del mundo socialista y pedir a alguna asociación de dudosa credibilidad (Hazte oír, Abogados Cristianos, Manos Limpias, etc.) que interponga denuncias en juzgados cuyos jueces se sepa con certeza que están por la labor (recuerden: "el que pueda hacer que haga"). Estos juzgados, en vez de archivar la denuncia, le dan curso y la desleal oposición del PP y Vox usará el hecho para señalar hasta el hartazgo el contexto artificiosamente corrupto del socialismo, cuya dimisión se pedirá todos los días miles de veces en miles de perfiles falsos de las redes, creando así una falsa realidad que, en un país de gente acrítica, les dará los resultados apetecidos.
Repito que esta mala práctica política la inició Aznar, el siniestro personaje que nos mintió tras la foto de las Azores, que nos metió en una guerra innecesaria, que nos mintió en el asunto del 11M, que se empeñó en promocionar a su esposa (una mujer-mujer insustancial) a la alcaldía de Madrid, y que se las arregló para dejar a su hijo y a su yerno controlando fondos-buitre. Que este personaje pontifique en política es como si Al Capone diera conferencias de moral pública. Sin embargo, es el gran gurú de la derecha, con su FAES a cuestas y sus seguidores enceguecidos con sus dicterios. Si esta situación no les recuerda a la mafia, es que ustedes y yo no coincidimos.
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