¡Viva la Pepa!
Jaime Tenorio.
Marzo/26.
La proclamación de la Constitución de Cádiz marcó un antes y un después en la historia política española, alumbrando un proyecto de nación basado en la soberanía, y la libertad del pueblo español.
El 19 de marzo de 1812, mientras en toda Europa tronaban los cañones de Napoleón, en una España luchaba por su propia supervivencia, un grupo de hombres de muy diversa condición se reunían en un territorio sitiado, Cádiz. Se habían congregado, jugándose la vida, para dar forma a un texto destinado a cambiar para siempre la historia de España. La Constitución de 1812, conocida popularmente como La Pepa por coincidir su promulgación con el día de San José.
La Constitución de 1812 fue mucho más que un documento jurídico, su promulgación derramó de golpe el siglo XIX, con toda su carga de modernidad, en una nación que llevaba siglos anclada en el pasado, con estructuras decimonónicas, casi medievales, e incluso muchas, aun medievales. Su redacción fue un acto no solo de descarga social, también era una llamada a la resistencia nacional, un esfuerzo que combinaba la urgencia de la guerra con la ambición de un proyecto político nuevo. El patriotismo contra el invasor, con el patriotismo contra los viejos fueros, los rancios privilegios, la desigualdad y la injusticia presentes desde siempre en la vida de los españoles. La Constitución de 1812, fue un intento de insuflar aíres nuevos a un régimen tan obsoleto como oxidado.
Para comprender la tremenda importancia de aquella promulgación, debemos ubicarnos en el momento histórico de aquel acontecimiento en plena invasión napoleónica, con una España sumida en un caos político sin precedentes. La abdicación de Carlos IV, y más tarde de su hijo Fernando VII dejó al país sin monarca legítimo, lo que permitió a Napoleón imponer a su hermano, José Bonaparte, como rey. Un soberano que nunca fue aceptado por el pueblo español.
En ese vacío de poder legítimo, surgieron en España unas "cámaras" de gobierno, las Juntas locales y provinciales, que se encargaron no solo de legislar, también de diseñar las distintas campañas de resistencia ante el invasor galo. En culminación de todas ellas se constituyó la Junta Central Suprema, que convocó unas Cortes extraordinarias con el propósito de reorganizar el Estado y dirigir la guerra contra Francia.
La elección de Cádiz como sede de aquellas Cortes no fue casual. La ciudad, dentro de la precaria situación militar, ofrecía una serie de garantías para la seguridad de los próceres hispanos, al estar protegida por su bahía y por la flota británica, lo que le permitía resistir el asedio de "los fanfarrones", una situación que permitió la reunión de diputados procedentes de todos los rincones del territorio español, incluidos representantes de los territorios americanos, y de tal asamblea, heterogénea y plural, surgió el grito de libertad de una La Pepa, alimentada por españoles de muy variopinta ideología y condición desde absolutistas moderados, a reformistas ilustrados, pasando por liberales.
El resultado de aquellos, a veces muy acalorados debates, fue el consenso en un texto constitucional que, pese a sus limitaciones, situaba a España a la vanguardia del constitucionalismo europeo. La Constitución de Cádiz, ya establecía principios que hoy consideramos básicos, pero que entonces eran revolucionarios: la soberanía nacional, la división de poderes, la igualdad jurídica, la libertad de imprenta, la representación parlamentaria y la limitación del poder real. Frente a la tradición absolutista, el nuevo marco jurídico afirmaba que la autoridad no emanaba del rey, sino de la nación, entendida como el conjunto de los ciudadanos. Casi nada para la época.
Uno de los aspectos más innovadores del texto fue su concepción del ciudadano. Aunque se llegó a reconocer en ella el sufragio universal, los absolutistas impusieron su criterio, sí amplió notablemente la participación política respecto al Antiguo Régimen. El sistema electoral, aunque indirecto y solo masculino, permitía a una parte muy importante de la población intervenir en la elección de sus representantes. Además, la Constitución reconocía derechos individuales y establecía garantías jurídicas que limitaban los abusos de la autoridad.
El espíritu de la Pepa era profundamente reformista. Las Cortes impulsaron medidas destinadas a desmontar las arcaicas estructuras feudales: se abolieron los señoríos jurisdiccionales, se suprimió la Inquisición y se aprobaron leyes que modernizaban la administración y la economía. Aunque muchas de estas reformas no llegaron a aplicarse plenamente, su mera formulación marcó un avance significativo en la política española.
La proclamación de la Pepa del 19 de marzo de 1812 fue un acto solemne y emotivo realizado en la iglesia de San Felipe Neri, el templo en que se reunían las Cortes, donde se leyó el texto constitucional ante una multitud que celebró el acontecimiento como un triunfo de la libertad y de la resistencia frente al invasor. La ciudad, que llevaba años soportando el asedio, se volcó en aquella proclamación más por una cuestión de esperanza que por convicciones políticas. Las campanas repicaron, las calles se llenaron de banderas y la población vivió la sensación de estar asistiendo al nacimiento de una nueva España, lo que, como el tiempo demostró dos años más tarde, no era más que un agradable espejismo. Porque si bien el acuerdo para establecer aquella Constitución había sido arduo y muy costoso, su vigencia fue muy breve.
El regreso a España de Fernando VII en 1814, marcó el regreso a los viejos modos. Ll monarca abolió la Constitución y restauró el absolutismo, persiguiendo a los liberales que habían participado en su redacción. Aun así, el espíritu gaditano no desapareció. Durante el Trienio Liberal (1820–1823) volvió a estar vigente, y su influencia se dejó sentir en las constituciones posteriores, tanto en España como en los nuevos estados americanos que surgieron tras obtener su independencia de España.
La trascendencia de la Constitución de Cádiz no estuvo implícita únicamente en su contenido jurídico, también en su dimensión simbólica la encumbró, porque en la Pepa, se hacía realidad la aspiración de los pueblos a la libertad, y demostró que los Estados pueden reinventarse y avanzar.
Hoy, más de dos siglos después, La Pepa sigue siendo un referente en la memoria colectiva. Su legado se percibe en la cultura y política española, pionera en la defensa de los derechos y en la idea de que la soberanía reside en el pueblo, la Constitución de 1812 fue un acto de fe en el futuro, un soplo de esperanza en el futuro, porque en mitad del peligro, del caos de la guerra, del hambre y de la incertidumbre, un grupo de hombres de muy diversa condición fueron capaces de ponerse de acuerdo y legislar, por el bien de una nación, dejando al margen los intereses particulares de cada cual. Un hermoso sueño que esperemos vuelva a hacerse realidad algún día.
Ilustraciones: IA Alternativa Mediterráneo. Uso libre.
Añadir comentario
Comentarios