El Armisticio de 1918
Jualia Montalbán.
Noviembre/25.
Conocemos por los libros de historia, que el 11 de noviembre de 1918 se firmó el armisticio que ponía fin a la Gran Guerra, un conflicto en el que Europa se había desangrado durante cuatro años. El acto de la firma se escenificó en un vagón de tren francés con Alemania de vencida, humillada y hambrienta, que además vio cómo se amotinaba el ejército, es decir un campo sembrado para el abuso de una negociación entre desigual donde se decidió que los alemanes pagarían hasta el último tornillo de las trincheras que habían construido los aliados.
Aquel abuso se vendió desde las cancillerías aliadas, es de suponer que para que no se les viera mucho el contrato que habían cerrado con el mariscal Foch para convertir Alemania en el cajero automático de Europa, como el de una paz justa y equilibrada. Justa como un garrotazo en la testuz equilibrada como buque en medio de temporal. El encargado de diseñar aquella maravilla de acuerdo fue el mismísimo Foch, un reconocido emprendedor de la diplomacia que, a cambio de una suculenta mordida histórica, le habría vendido Alsacia y Lorena a cualquiera dispuesto a pagar por ellas.
Ferdinand Foch, David Lloyd George y Georges Clemenceau fueron figuras clave en la firma del Tratado de Versalles en 1919. Cada uno representando los intereses de su país y tuvieron un papel decisivo en el rediseño del mapa europeo y en las imposibles condiciones impuestas a Alemania al final de la guerra. Naturalmente lo hicieron a cambio del correspondiente porcentaje sobre las reparaciones de guerra y los territorios confiscados.
Porque, al igual que hicieron los misioneros que acompañaron a los conquistadores en la conquista de América, llevar la democracia y la civilización a Europa Central solo lo podían hacer los vencedores, no esos arrogantes alemanes de vida militarista y fe luterana, ni por supuesto los bolcheviques rusos, ateos y de licenciosa vida revolucionaria, ni tampoco los austriacos ligerillos de cascos y moral imperial distraída. No. Debían ser Francia, Inglaterra y sobre todo los Estados Unidos, el noble y ancestral linaje democrático, quienes decidieron culpar a Alemania, a los vencidos, de todo.
Unos estadistas que, derrochando hipocresía y sin admitir responsabilidades, lograron redactar el Tratado de Versalles, un documento que ha servido de mucho, primero porque los alemanes dejaron de llamarse Imperio y se inventaron la República de Weimar, con la que más tarde, asfixiados por las abusivas cláusulas del armisticio de 1918, en 1939, volverían a conducir al mundo a una nueva carnicería.
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