Las Fallas


Julia Montalbán.

Marzo/26

 

Declaradas Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2016, las Fallas valencianas representan uno de los rituales festivos más singulares de Europa. La ciudad de Valencia se convierte una fiesta de pólvora, donde el fuego, la sátira y el arte conviven con una intensidad difícil de describir.

 

Las Fallas no son únicamente una fiesta popular: constituyen un complejo fenómeno cultural y pirotécnico, que combina la tradición y crítica social. Su origen se remonta a los antiguos gremios de carpinteros. Según la tradición, en la víspera de la festividad de San José —patrón del gremio— los artesanos quemaban en la calle los “parots”, unas estructuras de madera que utilizaban para sostener candiles durante el invierno.

Con el tiempo, a aquellas maderas, ya inútiles, se les fueron añadiendo ropas viejas y rasgos humanos, los de personajes que el pueblo deseaba criticar hasta transformarse en figuras satíricas que  representaban a personajes públicos que, por la razón que fuese, merecían ser purificados por el fuego.

A lo largo del siglo XIX, las Fallas evolucionaron desde simples hogueras vecinales hasta verdaderas obras de arte, efímeros monumentos, cada vez más elaborados, a los que se fueron incorporando carteles explicativos en verso —los llamados “llibrets”— y una clara intención de crítica. Convirtiendo a la la Falla en una sátira política y social, incluso en periodos de censura.

El corazón de la fiesta es el monumento fallero, una construcción destinada a desaparecer compuesta por un conjunto de figuras —los “ninots”— organizadas en torno a una escena central. En la actualidad, estos monumentos alcanzan alturas que superan los veinte metros y requieren meses de trabajo en talleres especializados. Aunque tradicionalmente se empleaban madera y cartón piedra, hoy predominan materiales como el poliestireno expandido, que permiten mayor volumen y detalle.

La costumbre es que cada barrio organice su propia comisión fallera, que es la encargada de recaudar fondos y coordinar "la plantà", es decir, el momento en que el monumento ocupa su lugar en la calle. Desde ese instante, la ciudad se transforma en un museo al aire libre, donde conviven fallas infantiles y grandes fallas que compiten en distintas categorías.

La culminación llega la noche del 19 de marzo con "la cremà", ese momento en el que todas las Fallas arden en un ritual que simboliza la renovación y cierre de un ciclo.

Pero no todos los monumentos arde, hay uno que se salva del fuego, el “ninot indultat”, que pasa a formar parte del Museo Fallero.

Más allá del componente monumental, la festividad de las Fallas necesitan de otro elemento fundamental. La pólvora, que desempeña un papel esencial, especialmente en "la mascletà" diaria que tiene lugar en la Plaza del Ayuntamiento, y en la que, durante varios minutos, el estruendo de cientos de kilos de material pirotécnico convierte la capital del Turia en un estruendoso territorio de humo y olor a pólvora.

La dimensión religiosa se manifiesta en la Ofrenda a la Virgen de los Desamparados, patrona de la ciudad. Miles de falleras y falleros, ataviados con indumentaria tradicional, uno de los aspectos más admirados de la festividad es la indumentaria tradicional valenciana, cuidadosamente elaborada con sedas, bordados y joyería, en la que la figura de la fallera mayor —tanto infantil como adulta— encarna la representación simbólica de la ciudad. Su elección y proclamación forman parte del ritual festivo y reflejan el fuerte sentido comunitario que caracteriza a la celebración, al desfilar todos juntos para depositar las flores que conforman después el manto de la imagen, en un acto, cargado de emoción, que enfatiza el vínculo entre tradición festiva y devoción popular.

Podemos afirmar que las Fallas son, en esencia, una manifestación de la identidad colectiva de Valencia. Cada barrio vive la fiesta como propia, y la organización descansa en un entramado asociativo que funciona durante todo el año. Este elemento social convierte la fiesta en algo más que un evento cultural, ya que se convierte en un proyecto comunitario permanente.

Lo que distingue a las Fallas como festividad popular, no es solo su espectacularidad, sino la combinación de elementos, en aparente contradicción, como pueden ser el arte en una muestra de elevada complejidad técnica que, sin embargo, está destinado a ser consumido por el fuego; o la sátira irreverente que convive con el fervor religioso, en una tradición centenaria.

En las últimas décadas, la proyección internacional de las Fallas ha crecido notablemente y son miles los visitantes que acuden cada año a Valencia atraídos por la una celebración que transforma por completo el espacio urbano. 

Las Fallas de Valencia constituyen una festividad donde la ciudad se representa a sí misma a través del ingenio y las llamas, aunque en el fuego final no hay destrucción, sino memoria compartida. Porque en Valencia, cada marzo, el arte acepta su destino efímero para renacer, con la misma pasión.


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