La difícil senda de Europa
Daniel Martín.
Enero/26.
Europa se dispone a afrontar el 2026 sin margen fiscal, sin energía barata, ahogada por las exigencias de un sátrapa sentado en la Casa Blanca, y sin una estrategia clara para salida del conflicto bélico que está desangrando Ucrania.
Europa ya no es un actor a tener en cuenta en la escena internacional, ha dejado de ejercer su influencia política, y ahora solo gestiona, y parece que no muy bien, la crisis sistémica que padece y en la que la guerra, la deuda y energía están lastrando un proyecto político neoliberal que parece anticipar el fin del actual sistema.
Europa debe afrontar en 2026 desafíos económicos, políticos y sociales en un contexto global fracturado y sin margen de maniobra fiscal, consumiendo una energía mucho más cara y agotando recursos en el apoyo a Ucrania en la guerra de desgaste que mantiene con Rusia. El viejo continente se enfrenta a una confluencia de problemas estructurales y coyunturales que marcan su trayectoria política, económica y social. Las decisiones tomadas en 2025, tanto en Bruselas como en las capitales nacionales, han configurando un panorama donde la guerra en Ucrania, las tensiones transatlánticas y las presiones internas por crecimiento y cohesión serán ejes determinantes, pero sobre los que no parece haber una tendencia para abordar de manera cohesionada y con políticas de conjunto.
Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, firme defensora de continuar la guerra contra Rusia.
Foto: CE
La economía europea continúa lidiando con un crecimiento moderado y desigual entre los estados miembro. La eurozona ha presentado cifras de crecimiento por debajo de lo deseado y persiste la presión de altos costes energéticos y de producción, factores que minan la competitividad frente a Estados Unidos y China. La necesidad de inversiones en tecnología, infraestructuras y transición energética se ha vuelto más urgente ante la aceleración de estrategias industriales de terceros países.
Al mismo tiempo, tensiones comerciales con Estados Unidos complican aún más el entorno económico: medidas proteccionistas y aranceles anunciados por la administración estadounidense han generado fricciones significativas, que la Comisión Europea ha tratado de gestionar mediante diálogo y amenazas de represalias arancelarias, sin una solución definitiva a la vista.
Georgia Meloni, primera ministro italiana referente del liberalismo europeo.
Foto: EFE
El conflicto en Ucrania muy probablemente siga siendo el factor geopolítico que más influya en las políticas europeas, un conflicto que, tras casi cuatro años de guerra, y a pesar de los continuos anuncios de los procesos de paz, no parece tener que se pueda alcanzar un acuerdo y sobre el que la Unión Europea ha reafirmado su compromiso con la soberanía y la integridad territorial ucranianas, rechazando cualquier cambio de fronteras por la fuerza y demandando un alto el fuego inmediato y negociado conforme al derecho internacional, por lo que el pasado mes de diciembre acordó conceder otro préstamo de 90.000 millones de euros al gobierno de Volodímir Zelenski, que sin esos fondos de los europeos, no podría continuar la guerra contra el coloso ruso. Una guerra que sigue pesando y mucho en la opinión pública: según encuestas recientes, los ciudadanos europeos perciben el conflicto como uno de los principales retos, a los que se enfrentará Europa en 2026, junto con el coste de la vida y la crisis climática.
Por otro lado, la relación transatlántica mantiene una doble dinámica: por un lado, la cooperación en materia de seguridad y apoyo a Ucrania sigue siendo esencial, con la UE y Estados Unidos coordinando sanciones y asistencia. pero por otro lado, han surgido fricciones notables en áreas como la regulación digital, donde decisiones estadounidenses, como la imposición de vetos de visado a figuras europeas vinculadas a leyes digitales, han sido interpretadas en Bruselas como un desafío a la soberanía normativa europea, además, las negociaciones sobre comercio y tecnología reflejan una alianza en transformación, mientras que las apetencias estadounidenses sobre Groenlandia están empañando sobremanera y tensando peligrosamente la alianza occidental, hasta el punto de que Dinamarca, por primera vez en la historia de Europa, ha incluido a los Estados Unidos como una amenaza para su seguridad.
Europa busca fortalecer su autonomía estratégica, reduciendo vulnerabilidades en sectores clave como tecnología avanzada y materias primas, al tiempo que mantiene la cooperación con Washington en seguridad global.
La primera ministro de Dinamarca, Mette Frederiksen ante las exigencias de Donald Trump para que Groenlandia pase a ser de dominio estadounidense, ha pedido respeto para su soberanía.
FOTO: Prensa Latina
En el ámbito social, Europa debe gestionar los efectos de largos años de incertidumbre. La crisis humanitaria derivada de Ucrania sigue teniendo consecuencias: millones de desplazados y refugiados continúan llegando a la "tierra de las oportunidades" generado demandas de integración y complicando los servicios en algunos estados miembros, con impacto especialmente en materias de educación, vivienda y sistemas de salud.
Asimismo, la presión por cohesionar sociedades diversas frente a crecientes desigualdades internas y la competencia geoestratégica global exigen políticas que promuevan estabilidad social, cohesión económica y confianza en las instituciones.
Así pues Europa afronta 2026 en un contexto donde la convergencia de retos internos y externos requiere respuestas estratégicas complejas: fortalecer la resiliencia económica, afirmar una política exterior y de seguridad autónoma pero colaborativa con aliados como Estados Unidos, y gestionar las profundas transformaciones sociales que inmigración, desarrollo e integración van a demandar.
El equilibrio entre todos estos factores será lo que determine tanto la estabilidad de Europa, como su peso internacional durante la próxima década.
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