Epistolar


Ángeles Molina.

Febrero/26

 

"Alguno seguimos escribiendo cartas y carteándonos con familiares y amigos, para no perder las buena costumbre y para seguir mostrando orgullosos esa delatora mancha de tinta en nuestros dedos."

 

Hubo un tiempo, no tan lejano pero sí más pausado, cuando la tecnología no nos había esclavizado y nos comunicábamos a través del pulso de una pluma sobre un papel. En aquel tiempo, escribir una carta no era simplemente transmitir información; era todo un ritual de comunicación, una ceremonia íntima donde el tiempo se detenía para permitir que los sentimientos, el pensamiento, o el pesar, se derramara a través de palabras nacidas del alma y expresadas con tinta. Hoy, en la era de la inmediatez digital y el mensaje efímero, ese arte ya parece un eco distante, un modo de cercanía humana perdido para siempre entre bits y bytes.

Todo comenzaba con la elección del escenario. No se escribía una carta de cualquier manera. Se buscaba el tacto con el papel, el peso de una pluma estilográfica o la sencillez de un bolígrafo que ya conocía la forma de nuestra mano, y se pensaba en la otra persona, y no en los emoticonos. Había algo profundamente humano en ver la caligrafía propia —esa huella dactilar del alma— transformándose según el estado de ánimo: las letras más apretadas en los momentos de confesión, o trazos más volátiles cuando la alegría desbordaba el margen.

La espera era, quizás, la parte más dulce y también la más cruel de aquel arte. Enviar una epístola era lanzar una botella al océano del tiempo. Sabíamos que nuestras palabras tardarían días, a veces semanas, en llegar a su destino. Sin embargo, esa demora, impregnaba el mensaje de vitalidad y frescura. Al recibir la carta, el ritual continuaba: el aroma del papel, el sonido al rasgar el sobre, y esa primera lectura rápida antes de volver a empezar, degustando cada frase en silencio. Las cartas no se borraban con un "click"; se guardaban en las cajas en las que guardábamos nuestros secretos, en cajones secretos, o se ocultaban entre las páginas de un libro, convirtiéndose en nuestro más preciado tesoro.

Algunos añoramos aquella pausa necesaria para pensar qué palabras utilizar, cuando se escribían todas las letras de cada palabra. Extrañamos el ritual casi mágico de quien se sienta frente a una hoja en blanco sabiendo que no hay botón de "deshacer", y los tachones quedan fatal, que cada borrón es parte de la honestidad del mensaje, y por eso algunos seguimos escribiendo cartas y carteándonos con familiares y amigos, para no perder las buena costumbre y para seguir mostrando orgullosos esa delatora mancha de tinta en nuestros dedos.

Al abandonar la costumbre de escribir cartas, hemos ganado velocidad, si, pero hemos perdido el peso de la palabra meditada. Queda, sin embargo, el consuelo de saber que, en algún cajón olvidado, todavía duermen esas palabras en papel, esperando que alguien las rescate del cajón o de la caja y la vuelva a disfrutar como se gozaban antaño.


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