Los pavos reales, de Juan Vida.
Alberto Granados.
Abril/26.
El poeta simbolista Stéphane Mallarmé, en «Brisa marina», un soberbio poema de 1865, dejó sentada una curiosa formulación: «La carne es triste y ya he leído todos los libros». A mí, la carne me sigue pareciendo muy sugerente, pero respecto a los libros casi coincido con el poeta: cada vez les encuentro menos fuste y me parece que ya he leído demasiados, que la combinatoria que la literatura puede ofrecer al crear tramas, situaciones y personajes, ya ha dejado de sorprenderme, de engancharme. La tensión con que el terrible dilema moral de Ana Ozores me emocionó hace cuarenta o cincuenta años, hoy me dejaría indiferente si volviera a leer La Regenta porque el tema del adulterio está sobreexplotado y no crea el menor efecto sorpresa en el lector. Tampoco encontraría ahora el sentido del horror absoluto si releyera El corazón de las tinieblas, la novela de Conrad reconvertida en obra maestra cinematográfica por Francis Ford Coppola (Apocalypse now, 1979). En resumen: no he leído todos los libros, pero he leído los suficientes para ser exigente y necesitar cierto nivel o me aburriré mortalmente. Por eso es de agradecer encontrar entre tanta publicación estéril, un libro que me suena a un regalo de la vida, a un extraordinario don que deja a un lado la retórica y nos habla de los mil aspectos del interior de un creador, abordado sin maquillajes ni palabrería hueca (en una de sus columnas afirma como Machado, que intenta distinguir las voces de los ecos).
Me estoy refiriendo a «El triunfo de los pavos reales», del creador plástico Juan Vida, que esta vez deja sus pinceles para pasar a la creación periodística con este libro que nos ofrece setenta columnas literarias aparecidas en el diario Ideal (allá por 2009, afina Eduardo Peralta, director de Ideal en esa época y responsable de estas colaboraciones, en una Presentación que sería el Prólogo canónico si no existiera otra analítica Presentación firmada por Carmen Fernández Muñoz).
He leído muchas selecciones de columnas periodísticas, pero debo confesar que pocas veces he encontrado un conjunto tan compacto, tan exacto, tan bien ajustado. Y este mérito parece logrado sin el menor esfuerzo por parte del autor, con la máxima naturalidad, como si se tratara de una charla de café con dos o tres amigos a los que les cuenta sus inquietudes, sus percepciones, sus ideas estéticas o sus afectos familiares. Todo, material sensible, íntimo y sincero, expuesto como lo más natural: como la verdad sin afeites.
En efecto, Juan Vida nos ofrece pinceladas, en ocasiones brevísimas, de asuntos tan diversos como su obra El río, que estuvo en el techo del vestíbulo del antiguo cine Aliatar; la preocupación del creador por la durabilidad de su obra; el recuerdo de su padre; su frustrada voluntad de que su hija no fuera absorbida por el consumo de juguetes sexistas, esos de color rosa princesa; el erotismo en la pintura; divertidas anécdotas sobre personajes que ha tenido ocasión de tratar (un Alberti más pendiente de devorar restos de tarta que de posar para su retrato), el hilarante concepto de la palabra «antípodas» del chileno Roberto Matta, sus reuniones con Javier Egea o Antonio Muñoz Molina); la originalidad de Goya; las vacilaciones y especulaciones sobre el proceso creativo, el papel del crítico y del galerista…
También se ocupa Juan Vida de la muerte, en unos escalofriantes obituarios de personajes que considera sus maestros en algún aspecto (el Antonio Machado de un poema de Carles Riba, Hermenegildo Lanz, José Guerrero, Manuel Rivera, Claudio Sánchez Muros, Cayetano Aníbal o Enrique Morente). Jamás la muerte había tenido tanta vida.
Con «El triunfo de los pavos reales» he encontrado la paradoja de querer continuar la lectura con verdadera hambre y al mismo tiempo sentir que me tengo que frenar por la trágica circunstancia de que, si sigo la lectura, llegará el momento en que llegue al final, algo que rechazo, porque quiero más. Muchos de los pasajes los he leído y releído, los he subrayado y he tomado notas, porque creo que volveré a las cordiales páginas de este balsámico libro, leído en uno de los momentos más convulsos de nuestro presente.
Me equivoqué: no había leído todos los libros. Me faltaba esta joya. Ahora toca elegir la próxima lectura, con una sensación previa de rechazo porque dudo que tenga la consistencia de estos rubenianos pavos reales.
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